
Jaqueline Sagaón
Pachuca de Soto, Hgo.– ¿Siguen sirviendo las palabras izquierda, derecha y centro para entender la política de nuestros días? Con esa pregunta arrancó el jueves 8 de octubre la segunda ponencia del Laboratorio de Análisis Político en el Centro de Investigaciones Sociales (CIS). Estuvo a cargo del maestro Salvador Franco Cravioto, autor de Apuntes de ética, sociedad, derecho, derechos humanos y cultura política (Savia Contemporánea, 2026), quien presentó su trabajo Derechos humanos y cultura del victimismo: una crítica desde el humanismo liberal.
El Laboratorio de Análisis Político es el programa permanente de formación y análisis político del CIS y lo dirige Luis Andrés Baños Hernández. Es un espacio plural, gratuito y abierto al público, que no promueve partidos, candidatos ni ideologías. Sesiona cada jueves a las 19:00 horas en las instalaciones del CIS, en Boulevard Valle de San Javier 322, interior G, y sus inscripciones se reciben por WhatsApp al 771 234 1318. Su lema resume el método: Pensar. Analizar. Debatir. Comprender.
Para responder la pregunta de la noche, Franco Cravioto volvió a lo básico. Siguiendo al filósofo italiano Norberto Bobbio, explicó que la izquierda pone el acento en la igualdad y en la acción del Estado para corregir las desigualdades económicas y sociales. La derecha, en cambio, tiende a aceptar esas desigualdades como algo natural o inevitable y privilegia la libertad económica y el orden establecido. El centro, en medio, intenta equilibrar ambas aspiraciones. Bobbio advertía, sin embargo, que libertad e igualdad no son necesariamente enemigas: la tensión entre ellas depende de cuánto se priorice una sobre la otra.
Pero esa línea recta que va de izquierda a derecha, dijo el ponente, ya no alcanza para explicar lo que ocurre. Por eso presentó un diagrama en forma de rombo que mide dos cosas a la vez: las libertades sociopolíticas y las libertades económicas. En un costado está el progresista o de izquierda, que defiende las libertades personales pero desconfía del mercado. En el otro está el conservador o de derecha, que defiende la libertad económica pero tiende a restringir las personales. En el vértice superior aparece el liberal, que reclama ambas libertades. En el centro del rombo queda quien las combina con moderación. Y abajo, en el vértice inferior, está el totalitario, donde ninguna de las dos libertades existe.

Ahí está la clave de su argumento. El wokismo se presenta como progresista, pero cuando impone su lenguaje, censura a quien disiente y castiga desde el poder, abandona el terreno de las libertades. Entonces se desliza hacia el vértice inferior del rombo, el mismo que en su tiempo ocupó el fascismo. Izquierda y derecha pueden llegar al mismo punto por caminos opuestos. "Cuando las ideologías se institucionalizan dejan de ser libres, porque buscan ser impuestas y generalizadas desde el poder hacia los gobernados, como en los estados totalitarios", planteó. Respaldó la idea con la historiadora María Elvira Roca Barea, quien sostiene que "las ideologías, como las religiones en otro tiempo, no muestran una gran capacidad de tolerancia".
De ahí su conclusión: en estos días importan menos las etiquetas que lo que cada quien plantea y la forma en que pretende lograrlo. A su juicio, nadie debería discutir el fin del Estado, que es el bienestar general mediante la plena realización de los derechos humanos. Lo que sí debe debatirse es el camino: si se llega a ese fin con un discurso que integra a todos o con uno que divide a la sociedad en víctimas y culpables. La pregunta ya no es si alguien se dice de izquierda o de derecha, sino si sus propuestas resisten el examen de los argumentos y de la evidencia.
Lo que hoy plantea buena parte de la clase política, sostuvo Franco Cravioto, es precisamente una cultura del victimismo. La definió como el marco cultural y político en el que la identidad de víctima se convierte en fuente de legitimidad moral y de poder político. Bajo esa lógica, advirtió, la fragilidad funciona como un "distractor político". Impide reconocer con objetividad a las verdaderas víctimas, a los individuos que sufren una afectación real "sin nadie que los proteja". Retomó a la filósofa estadounidense Susan Neiman, autora de Izquierda no es woke: "Ser víctima no es por sí mismo una fuente de autoridad". Con ella concluyó que el wokismo es "un sustituto discursivo del cambio político y social real". Dicho de otro modo, es retórica en lugar de resultados.

El ponente precisó que el problema no es reconocer que existen desigualdades estructurales y discriminaciones reales. El problema surge cuando ciertas identidades se vuelven criterio suficiente para asignar responsabilidades, derechos o legitimidades sin examinar los hechos de cada caso. Y en ese desplazamiento, dijo, la primera en extraviarse fue la propia izquierda. La izquierda igualitaria cedió su lugar a una izquierda identitaria que dejó de cuestionar la pobreza y la desigualdad, su bandera histórica, para concentrarse casi exclusivamente en el género y la raza. Citó a la filósofa argentina Roxana Kreimer: "la izquierda progresista actual se focalizó en cuestiones identitarias, perdiendo de vista las cuestiones económicas y de clase". Así, para la cultura woke "solo hay aliados y enemigos, no una común humanidad".
Lo más grave es que ese discurso, antes disidente y contrario al sistema, se volvió discurso oficial, avalado por el poder político, el establishment y el capitalismo global. Según el expositor, desde hace más de quince años esas ideologías institucionalizadas se han apoderado de la ONU y los organismos internacionales, de los gobiernos de Occidente, de las leyes, de los partidos políticos, de los medios de comunicación y de las universidades. Las consecuencias ya las pagan los ciudadanos. Describió una escalada que va de lo políticamente correcto a la ofensa, y de la censura, la funa y la cancelación a la acusación de "discursos de odio". Al final de esa cadena vienen la disculpa pública, el escarnio y consecuencias sociales, económicas, laborales y legales "cada vez peores" para las personas. A ello sumó una "inflación" de los derechos humanos: cualquier agravio o reivindicación política se presenta como un derecho, y eso termina por vaciar de sentido jurídico a los derechos verdaderos.
México no quedó al margen. Franco Cravioto sostuvo que la política del victimismo se impone globalmente desde la ONU y jurídicamente desde la Constitución mexicana vigente. Por ello propuso abrir, "sin restricciones ideológicas ni forma alguna de censura previa", el debate sobre la perspectiva de género y oponerle la igualdad jurídica y de oportunidades para todos. Calificó la perspectiva victimista e identitaria de "excluyente, falaz y poco eficiente para garantizar derechos reales".
La salida que propuso fue volver a lo universal: derechos humanos basados en la dignidad de todas las personas, la igualdad ante la ley, el debido proceso, la libertad de expresión, el pluralismo y la evidencia. Eso exige proteger al débil por lo que le ocurrió y no por el grupo al que pertenece. El ponente cerró con una exigencia dirigida a quienes gobiernan: criticar de manera permanente la eficacia real de las instituciones y la forma en que el Estado evade su responsabilidad frente a casos concretos. Esa evasión, sugirió, se esconde con frecuencia detrás de la retórica de las identidades. En tiempos en que los partidos se disputan etiquetas, la advertencia fue clara: lo que cuenta no es cómo se nombra cada quien, sino lo que propone y lo que cumple.