EL PODER DETRÁS DEL TRONO EN TENOCHTITLAN

Por Miguel Ángel Serna Ortega
Investigador Histórico 

El personaje sagrado de Tlacaelel, era Quetzalcóatl, que en una ceremonia de exaltación recorrió lentamente con la mirada el fascinante espectáculo que se ofrecía ante la vista: en el amplio patio interior del templo principal de Chololan, al pie de la gigantesca y antiquísima pirámide, estaba celebrándose la ceremonia de iniciación de los nuevos sacerdotes de Quetzalcóatl. La luz de más de un centenar de antorchas, en las que ardían aromáticas esencias, iluminaba el recinto con cambiantes tonalidades, una doble hilera de sacerdotes, alineados en ambos costados del patio, entonaban un rítmico acento antiguos himnos sagrados. Centeotl, el anciano sumo sacerdote, oficiaba la ceremonia ostentado sobre su pecho el máximo símbolo de la jerarquía religiosa: el emblema sagrado de Quetzalcóatl. 

En el centro del patio, dentro de un enorme círculo de pintura blanca, se encontraba el pequeño grupo de jóvenes entre los cuales taba el propio Tlacaélel que recibiría en aquella ocasión el alto honor de entrar o formar parte del denominado sacerdocio blanco consagrado al culto de Quetzalcóatl para los jóvenes que en medio del complicado ceremonial iban siendo ungidos por el sumo sacerdote, aquel acto constituía la culminación de una meta largamente soñada y lograda a través de varios años de incesantes esfuerzos. De entre varios miles de adolescentes que en todas las comunidades náhuatl, aspiraban a ser admitidos en el templo de Chololan, se escogía cada cinco años a cincuenta y dos candidatos, el criterio selectivo resultaba riguroso en extremo; no solo era necesario poseer una conducta ejemplar desde la infancia y contar con amplias recomendaciones de los principales sacerdotes de la comunidad donde habitaban, sino que además, debían salir airosos de las difíciles pruebas que los sacerdotes de Quetzalcóatl, imponían para valorar la capacidad de los aspirantes, la extrema dureza de los sistemas de enseñanza utilizados en el templo de Chololan motivaba una considerable deserción a lo largo de los cinco años del noviciado por lo que rara vez lograban ingresar como nuevos miembros de la hermandad blanca, más de media docena de jóvenes. Una vez investidos con la prestigiada dignidad de sacerdotes de Quetzalcóatl, los así ungidos recibían el emblema sagrado de Quetzalcóatl, que era un hermoso collar de oro que fue el mismo que en Tula hoy Estado de Hidalgo, luciera el monarca, que llevó a esta hermosa y legendaria cultura, el siglo de oro de los toltecas.

Con una buena parte de los antiguos conocimientos, más tarde y teniendo como capital a la bella ciudad de Tula, se había constituido un segundo imperio Tolteca, el que , aunque no poseía el grandioso esplendor que caracterizara al primero, logró importantes realizaciones, como unificar bajo un solo mando a un vasto conjunto de poblaciones heterogéneas y el promover en ellas, un renacimiento cultural basado en una elevada espiritualidad. Complacidos por lo que ocurría, los guardianes del emblema sagrado habían hecho entrega de su preciado depósito de Mixcoamazatzin, forjador del segundo imperio y a partir de entonces, los emperadores toltecas ostentaron nuevamente, como símbolo máximo de su autoridad, el pequeño caracol marino. Toda obra humana es perecedera y finalmente el segundo imperio corrió con la misma suerte que el primero minado por luchas intestinas y por incesantes oleadas de pueblos bárbaros provenientes del norte. El imperio comenzó a desintegrarse y el emperador Ce Acatl Topiltzin Quetzalcóatl se vio obligado a huir al sur acompañado de algunos miles de sus más fieles vasallos al pasar por la ciudad de Chololan, centro ceremonial de máxima importancia desde antes de la época del primer imperio tolteca, los fugitivos fueron amistosamente recibidos y pudieron así interrumpir por algún tiempo una penosa retirada. Una tarde, agobiado por la tristeza y el abatimiento que le producían los males que afligían al imperio Ce Acatl Topiltzin Quetzalcóatl, se despojó del emblema sagrado y lo arrojó con furia contra el piso, partiéndolo en dos pedazos. A pesar de que los prestigiados orfebres de Chololan lograron reparar el daño, injertando en ambas partes pequeños rebordes de oro que encajaban a la perfección y unían las dos piezas en una sola, el emperador se empeñó de ver en aquellas roturas un símbolo de la división que reinaba entre los pueblos y prefirió encomendar a la custodia de los sacerdotes del templo mayor de Chololan una de las dos mitades del caracol. Al llegar a territorio maya, Ce Acatl Topilzin Quetzalcóatl hizo entrega de la segunda mitad del emblema al máximo representante del sacerdocio maya, encomendándole que lo conservara hasta que surgiese un hombre capaz de fundar un nuevo imperio y de unir en él, a los distintos pueblos que habitaban la tierra. 

Tlacaelel hombre sabio, valiente y leal a su nación México-Tenoxtitlán, invitaba a los jóvenes nuevos sacerdotes a regresar a sus lugares de origen, donde muy pronto ocupaban puestos relevantes, ya fuera como militares y dirigentes eclesiásticos, o incluso como reyes de los múltiples y pequeños señoríos en que había quedado fragmentado el mundo náhuatl tras la desaparición ocurrida varios siglos atrás del poderoso primer imperio tolteca, diversas circunstancias singularizaban al grupo de novicios que en aquella ocasión estaba siendo ordenados como sacerdotes de Quetzalcóatl, una de ellas era de que por primera vez figuraban en dicho grupo de dos jóvenes aztecas: Tlacaelel y Moctezuma, hijos de Huitzilihuitl que fuera segundo rey de los tenochcas y hermano de Chimalpopoca, quien gobernaba bajo difíciles condiciones al pueblo azteca, pues este se hallaba sujeto a un vasallaje cada vez más oprobioso por parte del reino de Azcapotzalco, otro de los motivos que singularizaban a la nueva generación de sacerdotes, era el hecho de que formaba parte de ella, Nezahualcóyotl, el desdichado príncipe de Texcoco, quien a raíz del asesinato de su padre y de la conquista de su reino de los Tecpanecas, se había visto obligado a vivir siempre en constante fuga, acogado en todas partes por asesinado a sueldo, deseoso de cobrar cuantiosa recompensa, ofrecida a cambio de su vida. La admisión en el templo de Chololan, tanto de los jóvenes aztecas como del príncipe Nezahualcóyotl, había producido desde el primer momento un profundo disgusto en Maxtla, el despótico rey de Azcapotzalco, sin embargo, el monarca Tecpaneca, se había cuidado muy bien de no hacer nada que pusiera de manifiesto sus sentimientos. Centeotl, el sumo sacerdote poseedor del emblema sagrado de Quetzalcóatl, era ya un anciano de más de noventa años, cuya muerte no podía estar lejana; el sacerdote que le seguía en jerarquía dentro de la hermandad blanca era Mazatzin, un tecpaneca incondicional de Maxtla. Si como era lo más probable, al percatarse Centeotl de que su fin estaba próximo, entregaba a Mazatzin, el emblema sagrado, Maxtla vería aumentar el prestigio de su reino hasta un grado jamás imaginado, lo que le facilitaría enormemente la conquista de nuevos pueblos y territorios. Así pues, a pesar del odio que profesaba a Nezahualcóyotl y de la posibilidad de que el honor de contar con miembros dentro de la hermandad blanca pudiese envanecer a los aztecas y despertar en ellos peligrosos sentimientos de rebeldía, el monarca Tecpaneca se guardó muy bien de cometer cualquier acto que pudiese disminuir las probabilidades de que Maztzin se convirtiese en depositario del emblema sagrado, la ceremonia de admisión había concluido tras pronunciar las últimas palabras rituales ante todos los allí presentes: “Servir a nuestros dioses y al emperador”.