20/12/22

Es preciso recordar hoy más que nunca, en especial en nuestra América Latina tan maltratada históricamente por sus trágicos gobernantes, la gallardía del viejo rector de la Universidad de Salamanca, que nunca permaneció callado al expresar sus ideas frente a las injusticias de lo que llamo una guerra in-civil.

El 12 de octubre de 1936, día de la Fiesta de la Hispanidad, se celebró una gran ceremonia en el auditorio (paraninfo) de la Universidad de Salamanca. Estaba presente el obispo de Salamanca, se encontraba allí el gobernador civil, la señora de Francisco Franco doña Carmen Polo. También estaba presente el general Millán Astray (el novio de la muerte). En la presidencia estaba Miguel de Unamuno, rector de la Universidad renovado recientemente en el cargo.

Después de la bienvenida formal, el general Millán Astray atacó violentamente en su discurso a Cataluña y a las provincias vascas, describiéndolas como: “cánceres en el cuerpo de la nación. El fascismo, que es el sanador de España, sabrá como exterminarlas, cortando en la carne viva, como un decidido cirujano libre de falsos sentimentalismos”. Desde el fondo del paraninfo, una voz gritó el lema de Millán Astray: “Viva la muerte”.

Algunos falangistas, de camisas azules, saludaron con el saludo fascista el retrato sepia de Franco que colgaba de la pared sobre la silla presidencial. Todos los ojos estaban fijos en Unamuno, pues los asistentes sabían que como buen vasco no podía permanecer callado. Se levantó lentamente y dijo:

“Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso, por llamarlo de algún modo, del general Millán Astray que se encuentra entre nosotros. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes”.

El Viejo rector plantaba cara por primera vez en la historia de la España Nacionalista. Continúo con su discurso:

“Pero ahora acabo de oír el necrófilo e insensato grito, “Viva la muerte”. Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente.

El general Millán Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor”.

Como es natural la masa de fanáticos convertidos en bestias junto al aludido general Millán Astray, comenzaron a gritar “¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!”.

A lo que Unamuno daría respuesta con una de las frases más importantes de la historia de la intelectualidad hispánica:

“Este es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho”.

Luego de esto, Miguel tuvo que ser escoltado a su salida por el catedrático de derecho canónico y la mujer de Franco quien, amparándolo con sus escoltas personales, lo condujeron hasta el coche que lo llevó a casa. El viejo rector se recluiría en su casa y moría con el corazón roto de pena el último día de 1936.

El “Venceréis, pero no convenceréis” quedaría grabado en la conciencia del pueblo español y de la intelectualidad universal. El viejo Unamuno tal vez no venció en el Paraninfo, auditorio, de la Universidad de Salamanca, pero la valentía de esas frases convencería a las nuevas generaciones y marcarían el camino para la construcción de una nueva y mejor civilización. Una civilización de hombres formados por y para la cultura y la libertad, alejada de los dogmas de la política prefabricada de los cuaternarios gobernantes de siempre.