
#Opinión | Julio Gálvez
10 de enero de 2026
Morena no enfrenta una crisis externa ni un asedio opositor particularmente sofisticado. Lo que vive hoy es una implosión. Un colapso interno provocado por una decisión política que, lejos de fortalecerlo, lo está desfondando: abrirle la puerta, sin filtros ni pudor, a los chapulines y oportunistas.
El chapulín no llega a construir, llega a ocupar, a saquear. No llega a creer, llega a sobrevivir. Morena, que alguna vez se presentó como un movimiento con raíces sociales, hoy se exhibe ante la ciudadanía como un partido dominado por políticos profesionales que han cambiado de camiseta tantas veces como el poder se los ha exigido. Esa imagen no es menor: es el inicio del declive.
El chapulín no llega a construir, llega a ocupar, a saquear. No llega a creer, llega a sobrevivir. Morena, que alguna vez se presentó como un movimiento con raíces sociales, hoy se exhibe ante la ciudadanía como un partido dominado por políticos profesionales que han cambiado de camiseta tantas veces como el poder se los ha exigido. Esa imagen no es menor: es el inicio del declive.
La llamada “inclusión” se ha convertido en un eufemismo conveniente. No es inclusión de causas ni de luchas, es inclusión de intereses. Expriistas, expanistas, experredistas, operadores de viejos cacicazgos regionales y personajes reciclados del régimen anterior hoy ocupan candidaturas, cargos y reflectores. Las bases miran desde abajo; los chapulines gobiernan desde arriba.
Aquí ocurre la fractura silenciosa. Morena pierde cohesión, pierde mística, pierde identidad. Y cuando un partido pierde identidad, entra en pendiente. La gente lo percibe. El discurso de transformación choca con rostros que representan exactamente lo contrario. La narrativa se descompone. La confianza se erosiona. La credibilidad se desploma.
El fenómeno no es nuevo en la política mexicana. Así comenzó la decadencia del viejo régimen: cuando dejó de importar de dónde venías, lo que vales y solo importó qué tanto dinero podías garantizar. El PRI no cayó de un día para otro; se vació por dentro. Morena parece no haber aprendido esa lección.
Desde una lógica maquiavélica, el cálculo es evidente: sumar estructuras, ganar elecciones rápidas, asegurar el control territorial. Pero Maquiavelo también advertía que el príncipe que se rodea de mercenarios termina perdiendo el control. Los chapulines son mercenarios del poder. Hoy están; mañana no. Y cuando se vayan, no dejarán organización, solo ruinas.
Morena está en caída libre no porque haya traicionado a la oposición, sino porque ha traicionado a su origen. La pendiente es clara: más chapulines, menos bases; más cargos, menos convicción; más pragmatismo, menos proyecto. En política, ese camino no conduce a la hegemonía, conduce al desgaste acelerado.
El electorado no es ingenuo. Puede tolerar errores, pero no la simulación permanente. Y cuando un partido que prometió ser distinto comienza a parecerse demasiado a lo que juró enterrar, el declive deja de ser una posibilidad y se convierte en una consecuencia.
Aquí ocurre la fractura silenciosa. Morena pierde cohesión, pierde mística, pierde identidad. Y cuando un partido pierde identidad, entra en pendiente. La gente lo percibe. El discurso de transformación choca con rostros que representan exactamente lo contrario. La narrativa se descompone. La confianza se erosiona. La credibilidad se desploma.
El fenómeno no es nuevo en la política mexicana. Así comenzó la decadencia del viejo régimen: cuando dejó de importar de dónde venías, lo que vales y solo importó qué tanto dinero podías garantizar. El PRI no cayó de un día para otro; se vació por dentro. Morena parece no haber aprendido esa lección.
Desde una lógica maquiavélica, el cálculo es evidente: sumar estructuras, ganar elecciones rápidas, asegurar el control territorial. Pero Maquiavelo también advertía que el príncipe que se rodea de mercenarios termina perdiendo el control. Los chapulines son mercenarios del poder. Hoy están; mañana no. Y cuando se vayan, no dejarán organización, solo ruinas.
Morena está en caída libre no porque haya traicionado a la oposición, sino porque ha traicionado a su origen. La pendiente es clara: más chapulines, menos bases; más cargos, menos convicción; más pragmatismo, menos proyecto. En política, ese camino no conduce a la hegemonía, conduce al desgaste acelerado.
El electorado no es ingenuo. Puede tolerar errores, pero no la simulación permanente. Y cuando un partido que prometió ser distinto comienza a parecerse demasiado a lo que juró enterrar, el declive deja de ser una posibilidad y se convierte en una consecuencia.
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PD. En la foto observamos a Luisa Alcalde, presidenta de Morena con el Expresidente del PRI en Hidalgo, ahora Diputado Federal por Morena, Ricardo Crespo.