
30 de marzo de 2026
Aunque la exaltación desmedida de los personajes parecía propia de la historia oficial, alentada por el régimen priísta durante la mayor parte del siglo XX, el asesinato de Luis Donaldo Colosio ocurrido en 1994 constituye el último ejemplo de la facilidad con que pueden construirse mitos de la nada.
Desgraciadamente el gran mérito de Colosio fue morir asesinado en Lomas Taurinas. No tuvo tiempo para más. Hasta ese funesto 23 de marzo de 1994 no era un protagonista de la historia; ni siquiera con la candidatura presidencial en sus manos había logrado ganarse un lugar diferente al de muchos otros políticos, que como él, discretamente dedican su vida al servicio público, para luego desaparecer si la diosa fortuna de la política no los favorece.
Ni siquiera el ahora célebre discurso del 6 de marzo –que como Colosio, sería mitificado después del asesinato- logró captar la atención de la opinión pública, por entonces más interesada en el asunto de los zapatistas y en el protagonismo de Manuel Camacho Solís.
Por si fuera poco, el discurso del 6 de marzo, que luego fue interpretado como el texto en que anunciaba su rompimiento con las viejas formas antidemocráticas y autoritarias del PRI, no era muy diferente a los que habían pronunciado en otros sexenios los candidatos presidenciales al ser destapados.
Salinas de Gortari había dicho en 1988: “Propongo un quehacer político moderno para enfrentar estos retos. Reconozco que la sociedad reclama la modernización; una modernización en la que participe activamente, basada en la unidad y en el consenso; no un mero afán de cambio que rompa con la tradición, pase por encima de las instituciones y exacerbe los antagonismos”.
Miguel de la Madrid, en 1982, como candidato expresó prácticamente lo mismo: “Fortaleceremos la vida democrática de nuestra organización con los mejores instrumentos democráticos internos al nivel de la comunidad; renovaremos la sociedad y cambiaremos con orden”.
Incluso Miguel Alemán, en el lejano año de 1946 estableció: “Tenemos que garantizar la democracia y la justicia social”. Junto a esos discursos que parecían redactados bajo un machote “para candidatos oficiales”, el de Colosio (1994) tampoco era era innovador: “Aquí está el PRI que reconoce que la modernización económica sólo cobra verdadero sentido, cuando se traduce en mayor bienestar para las familias mexicanas y que para que sea perdurable debe acompañarse con el fortalecimiento de nuestra democracia. Esta es la exigencia que enfrentamos”.
El discurso de Colosio del 6 de marzo, no dio nota, como se dice en la jerga periodística. Al día siguiente, 7 de marzo, algunos de los principales diarios del país como Reforma o Excélsior publicaron escuetamente en su primera plana: “Demanda Colosio imparcialidad al Gobierno” o bien, “‘Habrá reformas’: Colosio”.
Paradójicamente, la pistola de la cual salió la bala asesina estaba cargada de inmortalidad. Y como por arte de magia, las promesas de grandes reformas políticas, de equidad, la crítica al autoritarismo, la acotación del presidencialismo, que sólo fueron eso, promesas de campaña, dejaron de ser palabras para convertirse en hechos tangibles en el imaginario de la clase política y de gran parte de la sociedad.
A partir de ese momento, la figura de Colosio se agigantó. De la noche a la mañana se convirtió en el nuevo apóstol de la democracia. A partir de su muerte, sus principios(?) fueron adoptados por propios y extraños, es invocado cada vez que la clase política habla de los nuevos tiempos democráticos y es considerado como un referente en la muy larga historia de la transición.
Y sin embargo, pocos han tratado de someter el recuerdo de Colosio al examen riguroso de sus propias obras. Quizá por cierta lástima, quizá por el dolor que provocó su asesinato a mansalva, quizá porque al morir no tenía ni siquiera 45 años de edad, o quizá porque la historia también se escribe con mitos, ya nadie recuerda que Colosio fue parte del propio sistema que lo llevó a la muerte, de 1988 a 1992 fue Presidente del Partido y “como presidente del PRI –escribió Raymundo Riva Palacio el 7 de marzo de 1994- atestiguó cómo los triunfos priístas en Guanajuato y San Luis Potosí fueron revertidos por decisión presidencial”. Durante su gestión, no hubo ningún pronunciamiento de su parte, que dejara ver sus intenciones reformistas y su convicción democrática.
Por si fuera poco, al dejar la presidencia del partido, Colosio ocupó la Secretaría de Desarrollo Social (1992-1993), uno de los principales bastiones de control político del gobierno de Salinas, ya que con sus programas asistencialistas y miles de millones de pesos invertidos en ellos, garantizaba la lealtad de buena parte de la población que se benificiaba con Sedesol.
Indudablemente, Luis Donaldo Colosio era un buen hombre. Sin embargo, su muerte no significó un atentado contra la democracia, tan sólo evidenció la descomposición interna del sistema político mexicano. Hoy la historia debería colocarlo en el lugar que le corresponde, bajándole de un pedestal que no merece y en el cual lo colocaron la retórica política y los advenedizos. Indudablemente, con su muerte, más que la patria, perdió su familia.