La servidumbre voluntaria de Morena



Opinión / Análisis político — Julio Gálvez 

A Morena se le está acabando lo más difícil de reponer en política: el relato. El movimiento que llegó al poder prometiendo ser la negación de “la mafia del poder” gobierna hoy rodeado de las mismas prácticas que decía combatir, y lo hace con un cuadro humano que en buena medida no creció dentro de sus filas, sino que brincó a ellas cuando convino. El problema ya no es de comunicación. Es de origen.

Conviene partir de una idea vieja, porque ayuda a entender lo nuevo. En el siglo XVI, Étienne de La Boétie escribió en su “Discurso sobre la servidumbre voluntaria” que ningún poder se sostiene por sí mismo: el gobernante descansa sobre una cadena de aduladores que se nutren de él y que, a su vez, alimentan a su propio círculo de beneficiarios, eslabón tras eslabón, hasta sumar miles. Los favores que reparte el poder —escribió— no persiguen otra cosa que multiplicar el número de quienes encuentran provechosa la obediencia. No es una metáfora literaria, es la descripción funcional de cómo se construye una clientela política. Y describe a Morena con una precisión incómoda.

Morena armó esa cadena a una velocidad que su discurso no alcanzó a justificar. Mientras predicaba austeridad y pureza, abrió las puertas a cuanto operador pudiera aportar estructura, votos o financiamiento de campaña, sin demasiada inspección sobre su trayectoria. Premió al recién llegado con candidaturas y posiciones, y desairó a la militancia que durante años sostuvo el proyecto desde abajo. La coherencia fue la primera baja, y la lealtad —ese activo que no se compra— quedó sustituida por el cálculo.

El defecto de una coalición de oportunistas es que los oportunistas no tienen convicciones, tienen plazos. Por eso la estructura cruje justo cuando las investigaciones empiezan a tocar a la cúpula. El Departamento de Justicia de Estados Unidos abrió un proceso por presuntos vínculos con el narcotráfico contra diez funcionarios y exfuncionarios mexicanos, entre ellos el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, quien rechaza las acusaciones y se separó temporalmente del cargo; dos exsecretarios estatales se entregaron a las autoridades estadounidenses. En paralelo, reportes periodísticos señalan que Washington tendría en la mira al senador Adán Augusto López Hernández por su presunta relación con la red del llamado “huachicol fiscal”, señalamientos que él ha negado. En el caso documentado en Tamaulipas suman ya catorce detenidos, una decena de ellos en vías de ser vinculados a proceso. Importa el matiz, y no por cortesía jurídica: se trata de imputaciones e indagatorias, no de sentencias firmes. La presunción de inocencia no es un tecnicismo, es lo que separa al periodismo del linchamiento.

Frente a ese cerco, Morena encontró un refugio retórico: la soberanía. El 31 de mayo, ante miles de simpatizantes en el Monumento a la Revolución, la presidenta Claudia Sheinbaum calificó de “injerencia” las acusaciones estadounidenses, lanzó la frase “México no es piñata de nadie” y deslizó que el verdadero propósito de esos procesos sería incidir en las elecciones de 2027. Acto seguido, convocó a sus seguidores a instalar “asambleas informativas” en las plazas del país para defender la soberanía. La defensa de la soberanía es legítima y necesaria; el detalle es el momento. El mismo recurso que protege al país de presiones externas se convierte, sin transición, en herramienta de movilización electoral, y opera como blindaje: cuando el cuestionamiento incomoda, se reencuadra como agresión a la nación. El problema es que la propia Fiscalía General condicionó las detenciones a que Estados Unidos entregue pruebas, lo que admite, de paso, que el expediente existe.

Hay, además, un problema más profundo que ningún discurso resuelve: el relato no es propio. Lo que hoy gobierna Morena fue diseñado para sobrevivir a la salida de su fundador, y varios analistas lo han descrito sin eufemismos como un maximato. Andrés Manuel López Obrador no se limitó a dejar simpatías, dejó una arquitectura. Morena conserva la mayoría en el Congreso federal y en la mayor parte de los congresos estatales; el Poder Judicial fue rediseñado por la reforma del “Plan C”, que en junio de 2025 llevó por primera vez a las urnas la elección de ministros de la Suprema Corte y de buena parte de jueces y magistrados; y el gabinete, hasta el nivel de direcciones de área, se pobló de cuadros formados en la lealtad al expresidente. En esa lógica, para una porción de la clase política morenista el referente sigue siendo AMLO, no la presidenta en funciones. Gobernar bajo esa sombra tiene un costo que ningún programa social compensa.

Ese costo se llama diferenciación. Sheinbaum heredó el formato completo —la conferencia matutina, la cadencia del discurso, hasta los gestos— y con él la dificultad de construir una voz reconociblemente suya. La crítica no es que continúe la Cuarta Transformación, sino que la administre con la firma de otro. Un gobierno necesita estilo propio para tener autoridad propia, y ese estilo cabe perfectamente dentro de la línea de la 4T sin ser una imitación. Mientras el poder real se perciba en La Chingada—y las recientes reapariciones públicas del expresidente, incluida su carta, no ayudan a disiparlo—, la presidenta cargará con las facturas de un proyecto que no termina de ser suyo.

Queda el coro. Los mismos cuadros que ayer juraban por otras siglas hoy se desgañitan defendiendo “el movimiento” con un fervor directamente proporcional a lo que tienen que perder. Son, en los términos de La Boétie, los eslabones que sostienen la cadena: no defienden por convicción, sino por inventario. Y son justamente los que están saliendo a la luz, los que seguirán buscando la cercanía del poder mientras el poder tenga algo que repartir.

La pregunta de fondo es la más antigua del oficio político: cuando se agota el relato, ¿Qué le queda a un partido edificado sobre cuadros prestados? Los chapulines, fieles a su naturaleza, ya buscan rama. El detalle incómodo es que esta vez saltan cargando el desprestigio del mismo árbol que ayer presumían, y eso, en política, pesa más que cualquier currículum.