
López Obrador no tuvo que volver para que Morena empezara a romperse. Le bastó con irse
Julio Gálvez
29 de septimebre de 2026
La semana pasada, el Partido del Trabajo advirtió que la alianza podría fracturarse rumbo a 2027, que podría competir solo en las 17 gubernaturas en disputa y que abriría la puerta a los morenistas inconformes con sus procesos internos. En Morelos, tras un bloqueo de militantes petistas, la dirigencia estatal de Morena anunció que no iría con el PT. Días después, Alberto Anaya descartó la ruptura, luego de instalar una mesa técnica para revisar las encuestas. El pleito se contuvo, pero dejó ver lo esencial: el partido que gobierna México cruje desde adentro, y no por los golpes de la oposición, sino por el peso de lo que lleva dentro.
Morena nunca se sostuvo sobre una doctrina o ideales, sino sobre un nombre. Durante casi dos décadas, la figura de López Obrador fue el único pegamento capaz de mantener juntos a fundadores de izquierda, expriistas, expanistas y operadores sin causa conocida. Él lo sabía. Antes de irse a Palenque, juró que no quería ser "hombre fuerte, ni jefe máximo, ni caudillo". Su retiro funcionó como una prueba de laboratorio: si Morena era un proyecto, sobreviviría sin su fundador; si era una marca ocupada por oportunistas, empezaría a desmoronarse en cuanto el fundador dejara de ganar las elecciones por ellos.
Los oportunistas no llegaron por convicción. Llegaron porque el nombre de López Obrador ganaba elecciones, y muchos entraron como caballos de Troya: con estructura propia, con dinero para candidaturas y con la protección de quien les abría la puerta. Hidalgo es el caso de ejemplo.
En julio de 2018, semanas después de que Morena ganara 17 de los 18 distritos locales, la legislatura saliente de mayoría priista sesionó en una sede alterna, tras un enfrentamiento entre policías estatales y simpatizantes de Morena que dejó nueve lesionados, y aprobó una reforma a la Ley Orgánica del Congreso para que la presidencia de la Junta de Gobierno dejara de corresponder al partido mayoritario. En septiembre, cuando el PRI retuvo la Junta, los diputados locales de Morena acudieron al Senado para solicitar la desaparición de poderes en Hidalgo por la presunta injerencia del gobernador Omar Fayad en el Legislativo. El documento que sustentaba esa solicitud lo redactó quien firma este artículo, entonces asesor jurídico del Congreso, con un propósito explícito: acabar con el PRI en Hidalgo. Ricardo Monreal, coordinador de Morena en el Senado, pidió no presentar la solicitud y ofreció buscar al gobernador para dialogar. Fayad respondió que la propuesta le causaba risa. Se rió demasiado pronto. Quien firma estas líneas conocía su ambición y sabía que esa ambición terminaría por destruir al PRI en cuanto intentara brincar a Morena. Por eso se hizo a un lado del partido, no pidió ni buscó cargo alguno y siguió en su trinchera: Nuevo Gráfico.
Lo que siguió, a juicio de quien vivió ese proceso desde adentro, no fue una derrota del PRI, sino un pacto. Para salvar su posición, Fayad habría negociado con Monreal la entrega de la gubernatura de Hidalgo y, a través de sus secretarios, habría empezado a atraer a actores políticos de Morena con obra pública y dinero, incluso la despenalización del aborto y otras normas fueron aprobadas bajo esa coyuntura. Las bases de izquierda no estaban preparadas para un cambio democrático, y buena parte de sus liderazgos se vendió por puestos de quinta en el gobierno. Lo previsto ocurrió. En 2022, el PRI perdió por primera vez en su historia la gubernatura de Hidalgo. En 2023, Fayad renunció al tricolor, creó su Grupo Plural Independiente y lo integró al Partido Verde, aliado de Morena. Ese mismo año, López Obrador lo propuso como embajador en Noruega y lo presentó como un "reconocimiento" por no haber intervenido en la elección. Así se metieron los chapulines en Hidalgo: no derrotados, sino reacomodados.
Ese mecanismo se repitió en todo el país. Los operadores del viejo régimen no llegaron a transformar nada; llegaron a colgarse del nombre de López Obrador y, a cambio, le debieron lealtad a él, no al proyecto. Esa lealtad prestada es la que hoy sostiene el maximato. En la nueva Suprema Corte, los nueve ministros electos aparecieron en los acordeones de una elección con participación cercana al 13 por ciento; seis fueron postulados por el comité del Poder Ejecutivo y tres habían sido nombrados por él, lo que llevó a la misión de la OEA a expresar dudas razonables sobre la independencia del tribunal. La mayoría del Congreso se ganó con su figura como aval y se completó con chapulines. Morena gobierna 23 de las 32 entidades bajo la misma bandera. Jueces, legisladores y gobernadores saben a quién le deben el cargo, y ese saber es la forma más eficaz de obediencia.
Así se sostiene el maximato frente a Claudia Sheinbaum. No hace falta que el expresidente dé órdenes; basta con que cada pieza del sistema mire hacia Palenque antes de mirar hacia Palacio Nacional. La propia presidenta es producto de esa escuela: fue su secretaria del Medio Ambiente en el Distrito Federal, lo acompañó en cada campaña y llegó a la Presidencia con la promesa de construir el segundo piso de su obra. Es una política formada, y en buena medida adoctrinada, en el pensamiento de López Obrador. Gobernar con estilo propio no significa renegar de los principios de la 4T; significa ejercer el poder que le dieron las urnas sin pedir permiso a quien ya no lo tiene. Si no lo hace, el maximato seguirá vivo.
Ahí está la paradoja que explica la implosión. El maximato sostiene al edificio mientras la sombra del caudillo se proyecta sobre él, pero esa misma dependencia lo condena. Quien entró por conveniencia saldrá por conveniencia. Cuando la imagen de López Obrador deje de ganar elecciones, los caballos de Troya abrirán sus puertas hacia el siguiente vehículo. Plutarco Elías Calles también creyó que podía gobernar desde la sombra, hasta que Lázaro Cárdenas lo subió a un avión rumbo al exilio en 1936. Los maximatos terminan de dos maneras: cuando el heredero decide gobernar o cuando la sombra se apaga.
El segundo piso de la transformación se levantó con los mismos materiales del viejo régimen. Mientras el fundador estuvo presente, parecía sólido. Sin él, cada chapulín es una grieta. Si Sheinbaum no devuelve la voz a las bases y cierra la puerta a los oportunistas, la implosión no será obra de sus adversarios, sino el desenlace natural de un partido que utilizo la imagen de un hombre para llegar al poder.