El problema que a veces tengo con las cifras es que difícilmente logran transmitir la carga emocional que contiene aquello que miden o representan. Hablamos de tantas personas muertas o asesinadas con una frialdad que nos recuerda aquella frase atribuida a Stalin que dice que “una muestre es una tragedia, un millón es estadística”.

Cuando hablamos de asesinatos o, más en específico, feminicidios, solemos caer en la trampa. No es que las cifras no importen, es que si les diéramos la real importancia a lo que miden deberían dolernos en lo más profundo del corazón. Lo que hace el documental de Netflix, Las Tres Muertes de Marisela Escobedo, es humanizar aquello que hemos relegado a la frialdad de las cifras.

Lo que tenemos es el relato de una historia desgarradora e indignante, muy dolorosa pero necesaria. La impotencia, el coraje y la tristeza se entremezclan al escuchar tan dolorosa historia y, peor aún, saber que es solo una historia de tantas. Basta haber retomado tan solo un elemento de tantos que componen esas cifras que ya nos son demasiado cotidianas como para llamarnos la atención sobre la pobredumbre humana, moral e institucional detrás de una pérdida humana (un feminicidio, en este caso).

Todo comienza con el feminicidio de Rubí, asesinada por su pareja Sergio Barraza quien, después de que Marisela Escobedo indaga sobre lo ocurrido con su hija, es detenido y llevado a juicio. Las pruebas son contundentes, existen las suficientes declaraciones e incluso Sergio tácitamente reconoce su culpabilidad al pedir perdón a Marisela. Era un hecho que sería condenado culpable ¿verdad?

Pero Sergio Barraza es absuelto, por increíble que parezca. La escena donde Marisela Escobedo estalla en llanto y coraje es desgarradora. Es difícil que esa indignación no le llegue a uno a lo más profundo de las entrañas.

Sin embargo, Marisela Escobedo es fuerte. No se deja caer. Desde el siguiente día sigue adelante, presiona a las autoridades, hace numerosas manifestaciones para exigir justicia, pero queda claro hay algo que no cuadra. Ante el vacío que deja la ausencia de las autoridades, ella se empeña en buscar al feminicida para que sea recapturado y ahora sí encarcelado. Logra dar con él en Zacatecas, pero el operativo fracasa estrepitosamente. Él logra escapar. Luego se entera de que había ingresado a la fila de los Zetas.

Marisela Escobedo sigue siendo fuerte, va a la Ciudad de México y el entonces Presidente Felipe Calderón se niega a recibirla. Trata de llamar la atención del nuevo gobernador de Chihuahua César Duarte y es rechazada. Se manifiesta frente al Palacio de Gobierno de Chihuahua, duerme ahí y posteriormente es asesinada ¡frente al Palacio de Gobierno!

De ahí el nombre del documental: la primera muerte es la de su hija, la segunda es la de la inexplicable liberación de su asesino y la tercera es su propia muerte. Yodos esos crímenes quedaron impunes. Sergio Barraza falleció por razones ajenas al crimen que cometió y nunca pagó por lo que hizo. La colusión de las autoridades con el crimen organizado es completamente evidente pero absolutamente nadie pagó, todos salieron bien librados y no padecieron más que la indignación del pueblo que salió a las calles.




Lo que retrata este caso, uno de tantos, es no solo la pobredumbre social o el machismo (evidente desde varias perspectivas) sino un sistema de justicia inoperante que no logra, ni siquiera a medias, proteger a los ciudadanos de los delincuentes y que está diseñado para no darle la suficientemente atención a la violencia privada que las mujeres sufren (ahí donde generalmente no hay muchos testigos) y que es una de las razones por las cuales las mujeres protestan una y otra vez.

La sensación que te deja esa historia es que estás solo, que si eres violentado tienes que ir por tu cuenta como hizo Marisela Escobedo cuya ardua labor trató de llenar el vacío que la displicencia de las autoridades llenaron. Y no sólo vas solo, porque las autoridades, que deberían defenderte, ni siquiera toman un papel neutral sino que son cómplices. Tú te vuelves un problema para los intereses de las autoridades más que el asesino.

La única luz de esperanza que deja este documental es ver cómo los colectivos feministas han tomado la figura de Marisela Escobedo como un símbolo, y que, a pesar de todo, nadie se ha rendido en la búsqueda de un estado de cosas más justo donde las autoridades nos defiendan a todas y todos, uno donde las mujeres no sean violentadas.

Y dentro de todo el cúmulo de sensaciones fuertes, de corajes o indignaciones que genera esta serie, también hay una historia de lucha y amor encabezada por Marisela Escobedo, quien hizo todo lo que estuviera a su alcance para hacerle justicia a su hija Rubí al punto que dio su vida por ella. Y a pesar de que el crimen quedó impune su lucha no fue en vano ya que se ha convertido en inspiración de muchas activistas para seguir con la lucha.

Es evidente que la impunidad y la colusión de las autoridades también nos afecta sobremanera a los hombres, pero en el caso de las mujeres se agrega este elemento de la violencia privada, donde no hay testigos y los testimonios faltan, lo cual genera un sentimiento de vulnerabilidad mucho mayor. Es evidente que nuestro sistema de justicia poco hace por este tipo de violencia, no sólo porque es ineficiente en la práctica, sino por su propio diseño.

Si uno quiere preguntarse el por qué de las marchas de las feministas que tanto incomodan a ay tanta “indignación” generan por los vidrios rotos o monumentos rayados, debería ver esta serie. Este documental debería ser vista obligatoria para toda persona de este país. A veces es necesario confrontarnos con la realidad, que es mucho más cruel que las cifras, porque solo a partir de la cruda realidad es como se puede comenzar a construir una realidad mejor.