“¿Existen todavía debates?” pregunta con sarcasmo y preocupación el subcomandante Galeano en uno de sus últimos comunicados. En estos, entre otras cosas, l@szapatistas han externado su preocupación por el aumento de la violencia, la discriminación, el dogmatismo, el despojo y el abuso que ningún gobierno, al menos desde 1994 hasta ahora, ha podido frenar.

Esto, por supuesto, no implica de l@s zapatistas un llamado de auxilio o reclamo hacia el gobierno o la necesidad de un mesías. Con la traición de febrero de 1995 (dirigida, entre otras personas, por Esteban Moctezuma, que por más santificado que aparezca ahora tiene sangre indígena en las manos), la ruptura de los acuerdos de San Andrés, la financiación de grupos paramilitares y la matanza de Acteal, bastó para que l@s zapatistas se dieran cuenta de que no podían confiar en político o propuesta alguna que proviniera del arriba institucional y su desgastada retórica.

La crítica y preocupación zapatista es más bien una afirmación rotunda de algo que al menos desde el levantamiento armado de enero del 94 han podido ir comprobando y poniendo en acción: lo político, es decir, la capacidad de transformar la realidad y organizarnos como mejor convenga a nuestra vida y dignidad, no es algo que podamos delegar en las formas políticas de siempre, que disfrazan de mesías a farsantes moralistas y entienden la democracia de manera reductiva, como un simple ejercicio jerárquico de contabilidad, papeleo e instituciones burocráticas.

El mensaje es muy claro, lo político, nuestro destino como humanidad, no se juega en las urnas o los discursos desentonados de siempre, sino en la cotidianidad de nuestras existencias con otras y otros, en nuestra decisión y voluntad de transformar el entorno de manera colectiva y abierta, sin necesidad de líderes o personeros que se hagan pasar por portavoces de nuestros deseos y anhelos.

Esta es, al menos para mí, la más grande lección que el zapatismo nos ha dado desde hace 27 años, incluso antes, desde que los primeros insurgentes se atrevieron a romper sus propios dogmas vanguardistas y se atrevieron a abrir un diálogo real con las comunidades indígenas que hoy son su guía y fundamento. 



¿Ridículo?; ¿Poco realista?; ¿Utópico? Para los discursos pragmáticos de la política nada que salga de sus parámetros es posible. Se entiende, es más sencillo confiar en un mesías y creer que sus órdenes solucionarán todo. Asumir la propia libertad de decidir sobre nuestras vidas da miedo, porque implica una responsabilidad y un coraje que se encuentra poco en los tiempos actuales.

Para hacer el ridículo ¿quién mejor que l@s zapatistas?Bastaría para esto recordar las condiciones históricas en que se dio el levantamiento del EZLN. El muro había caído años atrás. Los intelectuales de la izquierda se habían resignado y los de derecha seguían bailando felices alrededor del cadáver del comunismo, gritando a los cuatro vientos el fin de la historia, el triunfo del capitalismo y el absurdo de seguir pensando en revoluciones. Fue a este mundo al que llegaron l@s zapatistas, encapuchados, con fusiles de madera y una voz penetrante: ¡Ya basta!; ¡No queremos seguir muriendo en el olvido!



¡Que ridículos y qué estúpidos!, dijeron, y siguen diciendo, las voces que les condenan. Sin embargo, es la capacidad de perder el miedo al ridículo y de superar el miedo a parecer estúpidos lo que ha hecho posible la construcción de una autonomía que, aunque en apariencia esté encerrada en Chiapas, lleva años trascendiendo fronteras y horizontes. Esto es lo interesante del zapatismo también. Para serlo no se necesita de credencial o suscripción alguna. Tampoco de títulos oficiales o papeles notariados. Ni siquiera se necesita vivir en un caracol en Chiapas, estar encapuchado o ser indígena. Solamente hace falta indignación por un mundo injusto, coraje para no sucumbir ante los cantos de la sirena de la política de arriba y mucho amor para transformar las cosas desde donde es uno, desde donde puede y desde donde quiere.

Valdría entonces recuperar también ese bello anhelo que conecta a l@s insurgentes zapatistas con la Comuna de París, los soviets rusos anteriores al horror estalinista, los falansterios campesinos de toda Europa, los sin tierra en Brasil, los piqueteros en Argentina o los rotos chilenos que desde el año pasado gritan dignidad y justicia: no queremos un mundo impuesto por nosotr@s, a nuestra imagen y semejanza, sino un mundo heterogéneo, plural, donde lo diferente sea posible y no motivo de discriminación o marginación, un mundo nuevo, otro mundo posible, un mundo donde quepan muchos mundos.

27 años y contando, de este bello sueño revolucionario.