15/12/22

El 7 de octubre de 1571, hace 450 años, tuvo lugar la batalla de Lepanto, en la que una alianza cristiana derrotó a la armada musulmana que pretendía borrar al cristianismo de la faz de la tierra. Para los jefes aliados, esta victoria se debió a la intercesión de la Virgen María, ya que en determinado momento de la batalla la situación estaba completamente en su contra y de un momento a otro la situación cambió totalmente a su favor.

La batalla de Lepanto, en la que combatió el célebre Miguel de Cervantes, ocurrió 50 años después de la caída de Tenochtitlán y 40 años después de que en suelo mexicano ocurrió el Milagro Guadalupano. El Imperio Otomano, que años antes había sido expulsado del sur de España, volvía por sus fueros y pretendía subyugar a las naciones de Europa.

El ambiente que prevalecía en Europa en los siglos XV y XVI era convulso y polarizado, pues si bien España vivía su Siglo de Oro con el descubrimiento del nuevo mundo y místicos como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, otras naciones estaban en distinta sintonía: Martín Lutero dividía a la Iglesia con la reforma protestante e Inglaterra tomaba otro camino bajo el reinado de Enrique VIII y de su hija Isabel II de Inglaterra.

Europa estaba desorientada y dividida por: 1) Una laxitud moral, eclesiástica y civil; 2) Por el protestantismo; 3) El peligro musulmán, y 4) Los príncipes cristianos que imponían a sus amigos en cargos eclesiásticos, personas sin vocación que muchas veces ni siquiera vivían en sus parroquias.

Los musulmanes ya habían tomado Chipre, que era un importante centro comercial del Mediterráneo y fue hasta entonces cuando las naciones europeas advirtieron el peligro. Así, Pío V unificó a España, Venecia, los Estados pontificios, Génova, Malta, Toscana y Saboya formando la Liga Santa bajo el mando militar de Juan de Austria, hijo de Carlos V y hermano natural de Felipe II, a quien le acompañaban Antonio Colona, Agustino Barbarijo y Andrea Doria.

La armada se concentró en Mesina y de ahí partió hacia el oriente para enfrentar la batalla. Los otomanos eran capitaneados por Alí Bajá, Mehmed Siroco y Uluj Alí.

El domingo 07 de octubre de 1571 las dos fuerzas estuvieron frente a frente. Entre ambas sumaban más de 500 embarcaciones. Se calcula que del lado de la Liga Santa había unos 80 mil hombres contra 120 mil de los musulmanes.

La estrategia turca era rodear a la flota cristiana y estuvieron a punto de lograrlo. El viento soplaba a su favor, pero cuando la Liga vivía su momento más crítico, cambió la dirección del viento y los cristianos empezaron a dominar el combate. La batalla duró cerca de cinco horas hasta que se consumó la victoria cristiana.

La alianza cristiana llevaba a bordo varios estandartes de la Virgen María y en lo alto del mástil de la nave capitana, una imagen de Cristo.

En la nave de Andrea Doria llevaban un estandarte de la Virgen de Guadalupe, que el segundo arzobispo de México, fray Alonso de Montúfar había regalado a Felipe II. Éste se lo dio a su medio hermano Juan de Austria, quien a su vez lo entregó a Andrea Doria para su embarcación. Esta es una de las copias más antiguas de la Guadalupana.

Andrea Doria atribuyó la victoria a la Virgen de Guadalupe y su familia conservó el estandarte durante casi un siglo hasta que lo donaron a la iglesia de San Esteban de Áveto en Italia.

El Papa Pío V había permanecido la noche del sábado 06 en constante oración y así continuó hasta el mediodía del domingo 07, luego se acercó a la ventana donde estuvo casi una hora mirando al cielo y entonces, sin que nadie se lo dijera, anunció que habían conseguido la victoria. Mucha gente había estado rezando el rosario con él y a partir de ese momento consagró el Día de Nuestra Señora de las Victorias, que posteriormente recibió el nombre de Nuestra Señora del Rosario.

Y será así como la virgen de Guadalupe intercedió, de acuerdo a la fe de los creyentes católicos, para lograr la victoria de España contra los otomanos y consolidar la fe mundial hacia su advocación. Quizá por eso que al grosso de los mexicanos les da orgullo saber que la virgen de Guadalupe llenó de dicha a este país dejando por demostrado la frase:

Non Fecit Taliter Omni Nationi (No hizo nada semejante con ninguna otra nación)