
Julio Gálvez
31 de enero de 2026
Hubo un tiempo —no tan lejano— en que cambiar de partido causaba vergüenza. Se llamaba traición, oportunismo o, en el mejor de los casos, falta de carácter. Hoy, en Morena, eso se llama “pluralidad”, “sumar perfiles” o, con un poco más de cinismo, “ampliar el movimiento”. La realidad es menos poética: el partido que prometió barrer la corrupción terminó convirtiéndose en el vertedero donde fue a parar lo más podrido de la clase política mexicana.
Ahí están, sin pudor ni memoria: ex priistas que aplaudieron reformas impopulares, ex panistas que defendieron privilegios fiscales, ex perredistas que convirtieron la protesta social en negocio personal. Todos reciclados, purificados por el simple acto de ponerse un chaleco guinda. El pasado no importa, los expedientes se olvidan y las contradicciones se borran con la palabra mágica: “transformación”.
Morena no es un partido de ideales; es una agencia de colocaciones. No exige principios, solo lealtad momentánea. No pide coherencia, pide disciplina. Y cuando la disciplina falla, siempre hay una encuesta, un dedazo o una “decisión del pueblo” cuidadosamente diseñada desde arriba. La política dejó de ser debate y se volvió trámite; la ética, un estorbo; la congruencia, una mala costumbre del pasado.
Lo irónico es que quienes antes denunciaban a “la mafia del poder” hoy conviven felices con ella… siempre y cuando se haya afiliado correctamente. El problema nunca fue la corrupción, sino quién la administraba. Nunca fue el abuso, sino quién lo ejercía. Cambió el color del partido, pero no las mañas, ni los vicios, ni la voracidad.
Por eso, que Morena pierda no sería una tragedia nacional; sería una buena noticia democrática. La alternancia no es traición al pueblo, es oxígeno para el sistema. Cuando un partido se llena de lo peor de la política, lo sano no es defenderlo a toda costa, sino permitir que el electorado le pase factura. No para regresar al pasado, sino para recordarle a todos —incluidos los que hoy se sienten intocables— que el poder no es herencia, ni botín, ni refugio para oportunistas profesionales.
Y ahí está el fondo del problema: con Morena convertido en un refugio de chapulines, ¿qué autoridad moral puede tener para pedirle paciencia, confianza o respaldo a la ciudadanía cuando el gobierno falla? Porque siempre falla, ¿Con qué cara los ex priistas reciclados, hoy disfrazados de redentores sociales, pretenden hablarle al pueblo como si no cargaran el mismo historial de abusos y simulaciones? No es indignación lo que provocan, es desgaste. Porque cuando quienes gobiernan son los mismos de siempre, solo que con otro color, la credibilidad se agota y el discurso se vuelve ruido.
En este orden de ideas, la democracia no se debilita cuando un partido pierde; se fortalece cuando el poder deja de concentrarse en un solo lugar. Y hoy, justo porque lo peor de la clase política está reunido en Morena —los chapulines, los traidores y los oportunistas de siempre—, es el mejor momento para votar en contra y hacerlos perder: no para destruir al país, sino para desmontar de una sola vez a esa élite reciclada que solo cambió de siglas para seguir viviendo del poder.
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P.D. Usted se preguntará si son los mismos, no, son peores, ya que carecen de preparación y solo buscan conservar sus privilegios brincando del PRI a Morena.