Arturo Moreno Baños, El Tlacuilo
En las ultimas semanas que han transcurrido en el Estado de Hidalgo se han manifestado ciertos sucesos que ponen a reflexionar en que la “Cacería de brujas” ha iniciado contra miembros incomodos del partido hegemonico y de la izquierda en sí.
Una intromisión a la casa de un militante del partido Morena, organizador del grupo de estudio del partido para formar cuadros políticos, adjudicandole presuntos atentandos contra la salud de la sociedad así como el entrometimiento a la casa de otro miembro del partido hegemonico, conocido porque incluso contendio por la alcaldía de Pachuca, también es una clara muestra de que solo se esta violentando la tranquilidad al fincarceles presuntas irregularidades.
Y la mas reciente noticia la del desalojo de la fundación Arturo Herrera Cabañas, un claro golpe a otro miembro que al lado de su familia han direccionado el espacio y que durante años han realizado proselítismo de izquierda.
La purga se está dando y no tendrá fin hasta lograr el bojetivo de que los incomodos a los designios de un solo hombre o mujer sean erradicados. Me recuerda la siguiente analogía histórica estos sucesos:
No era cierto, pero a casi nadie –a excepción de las víctimas– le importaba. Lo ocurrido “la noche de los cuchillos largos”, como quedaría escrita en la historia, había sido una purga feroz para limpiar los propios intestinos del poder y catapultar a Hitler a un liderazgo definitivo que ya nadie se atrevería siquiera a cuestionar.
Nombrado canciller a fines de enero de 1933, para mediados de 1934 Hitler estaba lejos de acumular el poder que lo llevaría a ser el líder absoluto de Alemania en los siguientes diez años. Ya había logrado prohibir a todos los partidos políticos rivales y llevado al país a un régimen unipartidista controlado por los nazis, pero le faltaba controlar el ejército, que respondía al presidente Paul von Hindenburg, un prestigioso mariscal de campo cuya salud estaba para entonces debilitada.
En ese contexto, Ernst Röhm uno de los mas allegados a Hitler, propuso fusionar –un eufemismo de subordinar– al Ejército con las SA, que funcionaban ya no solo como grupo de choque del partido nazi –aunque mantenía cierta autonomía– sino que tenía la envergadura de una fuerza paramilitar.
Röhm no solo era uno de los iniciadores del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (nazi) y había participado en el Putsch de Múnich, el fallido intento de Hitler de alcanzar el poder por la fuerza en 1923 sino que era también amigo del führer, al punto de ser el único en su entorno que se atrevía a tutearlo.
También era uno de los pocos que cuestionaba sus políticas, a las que llegó a calificar de tibias. Su propuesta de subordinar a las Fuerzas Armadas a las SA, bajo su mando, le daría un poder enorme. Röhm lo sabía e incluso lo ponía en palabras, discretamente, con sus allegados: “Si él (refiriéndose a Hitler) cree que puede estrujarme para sus propios fines eternamente y algún día echarme a la basura, se equivoca. Las SA pueden ser también un instrumento para controlar al propio Hitler”, llegó a decir.
Unido por años de lucha a Röhm, Hitler se negaba a desplazarlo e incluso le “toleraba” su homosexualidad confesa, algo que a cualquier otro le hubiese costado la expulsión de partido.
Sin embargo las intrigas de Goebbels y otros jerarcas nazis pusieron en marcha el plan. Debía desarrolarse una purga dentro del partido, llamó por teléfono a Göring y le dijo la palabra clave, “Colibri”, para ordenar la salida de los escuadrones de ejecución en busca de sus víctimas. El comandante de las SA en Berlín, Karl Ernst, fue ejecutado por participar en la supuesta conspiración, aunque en ese momento se encontraba pasando la luna de miel.
Durante la “Operación Colibrí”, su verdadero nombre en código, murieron por lo menos 85 personas, aunque hay fuentes que calculan el número total de fallecidos en centenares, mientras que más de mil personas fueron arrestadas. La mayor parte de los asesinatos los llevaron a cabo las SS, el cuerpo de élite nazi, y la Gestapo o policía secreta.
La purga –justificada por el líder nazi como respuesta a un intento de golpe de Estado que nunca existió- consolidó el apoyo del Ejército a Hitler, y también sometió a la justicia, ya que las cortes alemanas ignoraron cientos de años de prohibición de las ejecuciones extrajudiciales para demostrar su adhesión inquebrantable al Reich.
Ya nada detendría a Adolf Hitler en su ascenso hacia el poder absoluto.
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