En Hidalgo, lo que importa es la persona



Julio Gálvez

02 de mayo de 2026

Quien haya recorrido la política hidalguense durante medio siglo sabe que los partidos en este estado son envases, no contenidos. Cambian las siglas, cambian los logotipos, cambian incluso los discursos, pero la sustancia continúa igual, ya que el peso real de cada figura pública depende de su trayectoria, de su palabra y de su capacidad para sostener un proyecto frente a la comunidad. Por eso la pregunta que define el momento actual no es a qué partido pertenece tal o cual actor, sino quién es y qué representa más allá del color que circunstancialmente porte.

Esa lectura cobra fuerza cuando se observa el origen del grupo Huichapan. Su raíz no está en la derecha empresarial ni en el priismo tecnocrático que después se apropió de las estructuras estatales, sino en el cardenismo. Javier Rojo Gómez, gobernador de Hidalgo entre 1937 y 1940, impulsó el reparto agrario en la entidad cuando el cardenismo era política de Estado y la justicia social no era consigna sino programa. De ese tronco nace una tradición política comprometida con el campo, con el ejido, con la organización popular. Hablar del grupo Huichapan como un grupo de centroizquierda no es revisionismo: es leer su acta de nacimiento.

Esa identidad se mantuvo viva mientras la política hidalguense se medía por proximidad con las comunidades y no por capacidad para administrar contratos. La ruptura llegó con el sexenio salinista, que en el ámbito federal instaló el modelo neoliberal y que en Hidalgo coincidió con el desplazamiento del proyecto heredado de Rojo Gómez. Lo que vino después está documentado: licitaciones convertidas en repartos, presupuestos públicos transformados en oportunidades privadas y una clase política para la que el servicio social pasó a ser decoración discursiva. Ahí, en ese cruce entre Salinas y la reconfiguración del poder local, se consumó la traición al grupo Huichapan. No fue solo el desplazamiento de un grupo: fue la expulsión, dentro del propio PRI, de su ala más cercana al pueblo.

Hoy, varias décadas después, esa fractura sigue abierta y se manifiesta en un fenómeno que muchos preferirían ignorar. Morena, el instituto político que se presentó como la respuesta moral a la degradación priista, terminó albergando a buena parte de los cuadros que encarnaron esa misma degradación. Priistas reciclados, chapulines que cambiaron de logotipo sin cambiar de método, operadores que aprendieron a hablar el nuevo lenguaje sin abandonar las viejas prácticas. La izquierda hidalguense que creyó encontrar en ese proyecto una casa nueva descubrió, con el tiempo, que la casa estaba ocupada por quienes la habían combatido durante décadas. Ahí hay otra traición, paralela a la primera: la de un movimiento que prometió transformación y que en Hidalgo se conformó con el reacomodo.

Pero esa concentración de chapulines y de lo más desgastado de la clase política bajo un mismo techo es, vista con frialdad, una oportunidad histórica. Por primera vez en décadas, los operadores que durante años brincaron de partido en partido para sobrevivir quedaron reunidos en una sola estructura, expuestos, identificables, sin posibilidad de seguir disfrazándose con un cambio de logotipo. Lo que antes era una dispersión incómoda de combatir hoy es un blanco visible. Derrotarlos electoralmente ya no exige perseguirlos a través de cinco siglas distintas: basta enfrentarlos donde ellos mismos eligieron acomodarse. De ahí la pertinencia, y la urgencia, del frente progresista que hoy se está construyendo en Hidalgo. No es una alianza contra un partido, es una alianza contra una manera de hacer política que, por su propia conveniencia, se concentró en un solo punto del tablero. Y esa concentración, lejos de blindarlos, los volvió por fin derrotables en las urnas.



En ese escenario aparece la figura del licenciado José Antonio Rojo, hoy referencia del grupo Huichapan, en una posición que merece ser leída con atención. Rojo ha rechazado públicamente, en distintas ocasiones, sumarse a Morena, pese a que diversos partidos han manifestado interés en incorporarlo. En entrevistas concedidas a este medio y a otros, ha sostenido que su pausa en el PRI es definitiva y que su trabajo político se desarrolla actualmente por la vía ciudadana e independiente. En un estado donde la regla no escrita es brincar de un partido a otro en busca de candidatura, esa decisión tiene un peso específico: es el único actor político de su nivel que no está pidiendo permiso para entrar a ninguna estructura partidista.

Su apuesta es otra. Rojo recorre el estado construyendo un frente progresista abierto a expresiones de todas las ideologías, con un eje compartido: el desarrollo de Hidalgo. En sus reuniones se ha visto a liderazgos de izquierda, a independientes, a figuras de oposición que en otro momento habrían sido incompatibles entre sí. Lo que los reúne no es una sigla, es un diagnóstico común: la política en Hidalgo se degradó, las divisiones que profundizó Morena no han dejado más que pleitos personales por candidaturas, y el estado lleva años atrapado en una disputa palaciega que no se traduce en obra, en justicia social ni en desarrollo real.

Por eso la convocatoria a un pacto social no es un gesto retórico. Es la única salida visible para una entidad cansada de ver cómo los partidos se canibalizan entre sí mientras las comunidades siguen esperando. Un pacto que no le pida a la izquierda renunciar a sus principios, ni a los independientes someterse a una estructura, ni a quienes vienen de otras tradiciones renegar de sus historias. Un pacto donde la pertenencia partidista deje de ser el criterio dominante y donde la pregunta determinante sea otra: qué propone cada quien para Hidalgo y con qué autoridad moral lo propone.

Y aquí regresa el punto de partida. En este estado, lo que importa es la persona. Importa la trayectoria, la palabra cumplida, la coherencia entre lo que se dice en la tribuna y lo que se hace en el territorio. Los partidos van y vienen; las modas ideológicas se acomodan a los vientos del sexenio en turno. Lo que permanece son los nombres de quienes han mantenido una línea, de quienes no han brincado por conveniencia, de quienes no necesitan disfrazarse para ser reconocidos.

La izquierda hidalguense, traicionada dos veces —primero por el neoliberalismo que se montó sobre el priismo, después por el reacomodo que se montó sobre el guinda—, tiene hoy la oportunidad de mirar más allá del logotipo y reconocer que el proyecto que más se acerca a sus principios fundacionales no está, paradójicamente, en ningún partido. Está en una persona que ha decidido no venderse a ninguno.