La traición al Grupo Huichapan



#Investigación 🔬 | Julio Gálvez

16 de abril de 2026

La fotografía que acompaña este artículo documenta, mejor que mil declaraciones, el momento preciso en que un proyecto político con raíces agraristas y cardenistas fue traicionado sobre el altar del neoliberalismo hidalguense. La imagen corresponde a la reunión privada celebrada en la sede nacional del PRI en abril de 2010, donde, bajo la presidencia del tricolor de Beatriz Paredes Rangel, el entonces gobernador Miguel Ángel Osorio Chong, la lideresa estatal Geraldina García Gordillo y Francisco Olvera Ruiz “convencieron” al grupo huichapan de declinar. Ese día, más que una candidatura, se enterró un proyecto político dentro del PRI. Dieciséis años después, ese mismo linaje está regresando a la escena pública, y lo hace, significativamente, tendiendo la mano a la izquierda.

I. Dos tradiciones, dos Méxicos

Para entender la magnitud del agravio conviene recordar quién fue el fundador del linaje. Javier Rojo Gómez, nacido en la hacienda de Bondojito, en Huichapan, en 1896, se alzó desde el humilde oficio de pastor hasta convertirse en jefe del Departamento del Distrito Federal entre 1940 y 1946 . De raíces agrarias, fue impulsado a la presidencia de la república en 1946 por el ala cardenista del PRI, y esa raigambre agraria fue retomada por todos los cuadros emanados del Grupo Huichapan, hasta sus últimos sucesores, los hermanos Rojo García de Alba .

No es un dato menor. Rojo Gómez fue fundador de la Confederación Nacional Campesina (CNC) y, según sus propios homenajeantes, concebía el reparto agrario como sinónimo de justicia y como medio para que la nación se hiciera llegar de riqueza y desarrollo . En términos de ciencia política, ese proyecto se inscribe dentro del nacionalismo revolucionario mexicano, tributario directo del cardenismo: Estado distribuidor, reforma agraria, corporativismo popular y sentido social del poder. Es decir, la antítesis conceptual del modelo que años más tarde capturaría al estado de Hidalgo.

II. La ruptura: de Murillo Karam a Fayad

La inflexión no se produjo con Adolfo Lugo Verduzco —quien pertenecía al mismo entramado familiar y político—, sino con la consolidación política de Jesús Murillo Karam entre 1993 y 1998. Es ahí donde emerge el llamado Grupo Hidalgo, con una lógica completamente distinta: menor dependencia de los linajes tradicionales, mayor pragmatismo, articulación con las redes federales del salinismo y vinculación creciente con intereses económicos privados.

El cronista político Miguel Ángel Granados Chapa, en Proceso, lo describió con crudeza: los nietos de don Javier, hijos de Jorge Rojo Lugo, aceptaron las decisiones de un equipo que ya no reconocía el liderazgo de esa familia . La sucesión de 2010 fue el acto formal de ese desplazamiento. Osorio Chong escogió como candidato a quien los propios legisladores consideraban de menor estatura política que la de sus competidores, Francisco Olvera , y ejecutó, con la asistencia logística de Beatriz Paredes desde el CEN, la operación que la fotografía retrata.

III. El marco teórico: capitalismo de cuates

Lo que vino después no fue un accidente, sino la expresión local de un fenómeno global. El concepto de crony capitalism —acuñado por periodistas estadounidenses en 1981 para describir la primacía de grupos empresariales políticamente favorecidos en Filipinas, y aplicado sistemáticamente por el historiador económico Stephen Haber desde Stanford al caso latinoamericano — describe con precisión lo que ocurrió en Hidalgo bajo la hegemonía del Grupo Hidalgo.

Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía, ha desarrollado el concepto del capitalismo de amigos para dar cuenta de prácticas que conceden ventajas indebidas a ciertos agentes económicos sobre los demás: no políticas públicas que creen condiciones generales para atraer inversiones, sino acciones de influyentismo que vulneran la competencia en favor de empresas seleccionadas por el gobierno con criterios de amistad, complicidad o corrupción . Como lo ha desarrollado Carlos Elizondo Mayer-Serra, en este tipo de arreglos las empresas no buscan aportar valor a sus clientes, sino obtener favores políticos que les generen ganancias extraordinarias . Nada más ajeno al universo moral del agrarismo cardenista del que emergió Huichapan.

IV. Un paralelismo que conviene nombrar

Hay una revelación que el propio sistema prefiere mantener en penumbra: los mismos actores que desplazaron al Grupo Huichapan son los que, durante décadas, golpearon, desprestigiaron y cercaron a la izquierda hidalguense. Murillo Karam, Núñez Soto, Osorio Chong, Olvera Ruiz y Fayad no representan una ruptura con el viejo PRI; representan la captura del PRI por el proyecto neoliberal salinista. La lógica operó idéntica en ambos casos: toda expresión política que no se subordinara a la acumulación privada mediante el aparato público fue considerada obstáculo y tratada como enemigo.

V. Una lectura histórica compartida

Llegados a este punto, conviene una pausa.

La izquierda hidalguense conoce, mejor que nadie, lo que significó enfrentarse a esa cadena de administraciones. Sabe de operativos electorales, de presupuestos condicionados, de medios alineados, de la construcción paciente de clientelas, de la criminalización selectiva del disenso. Esa memoria la ha pagado con años de marginación institucional, con candidaturas derrotadas en condiciones desiguales, con compañeras y compañeros que se quedaron en el camino. Nadie tendría autoridad moral para pedirle que olvide esa historia.

Lo que quizá no se ha dicho con claridad suficiente, y por eso merece decirse ahora, es que el Grupo Huichapan vivió —desde otra trinchera, con otros códigos y mucho menos ruido público— una hostilidad de naturaleza equivalente. No idéntica, desde luego: las asimetrías son evidentes y sería una falta de respeto igualarlas. Pero sí equivalente en su raíz: el capitalismo de cuates no distingue entre izquierda organizada, centro agrarista o cardenismo tardío; los trata a todos como estorbos a su proyecto de acumulación, y los va apartando, uno por uno, con los instrumentos que el Estado capturado pone a su disposición.

Esa coincidencia —forjada, hay que insistir, por los adversarios más que por una voluntad compartida— es el hecho histórico nuevo sobre el que hoy se gesta algo distinto. José Antonio Rojo avanza en la construcción de un frente ciudadano que busca competir en las próximas elecciones por diputaciones, presidencias municipales y la gubernatura del estado, incorporando en cada reunión nuevos respaldos de liderazgos políticos de distintas corrientes, incluidos personajes provenientes de la izquierda que ven en su proyecto una plataforma viable para el desarrollo político de Hidalgo. El esquema es apartidista, abierto a militantes, independientes y figuras de cualquier ideología, con el desarrollo del estado como eje central.

No es una oferta de adhesión, y leída con calma no lo parece. Es la apertura de un espacio donde pueda discutirse, sin anatemas previos, qué tipo de entidad queremos reconstruir y contra qué modelo concreto. Aceptar que esa conversación tenga lugar no exige a la izquierda renunciar a nada de su historia, ni reescribirla para congraciarse con nadie. Solo le pide —si es que quiere pedírselo— reconocer que, durante treinta años, estuvo peleando contra los mismos adversarios que también golpeaban, desde dentro de su propia casa, al linaje agrarista que hoy le extiende la mano.

VI. La fotografía, y el espejo

La foto prueba una cosa: la traición al Grupo Huichapan fue, en el fondo, la traición al proyecto histórico de cohesión social que Hidalgo no ha vuelto a articular. Lo que hoy comienza a formular José Antonio Rojo prueba otra, complementaria: ese proyecto no murió, solo fue postergado por el peso de una oligarquía política regional que confundió el poder con el patrimonio.

Abrir las puertas a la izquierda no es, para Huichapan, una concesión coyuntural ni un cálculo electoral. Es, más bien, un reconocimiento de origen. El pastor de Bondojito que llegó a fundar la CNC estaría, hoy, más cerca de quien habla de justicia social y reparto que de quienes hicieron del erario un negocio familiar. La izquierda hidalguense podrá tomar o no la mano que se ofrece; esa decisión le pertenece íntegramente y nadie debería presumirla.

Convendría, eso sí, antes de responder, revisar con detenimiento quién traicionó a quién, cuándo, y en beneficio de quiénes. Porque entender cómo pasaron las cosas es, a veces, la única manera de impedir que vuelvan a pasar igual.