10 de mayo de 2026
Los presidentes pueden jugar durante su sexenio como les venga en gana, pero menos con tres cosas. No se juega con la Constitución Política. No se juega con el Ejército Mexicano. Y no se juega con el Banco de México.
Por ejemplo, lo que le paso a Victoriano Huerta por jugar con la Constitución. Su culpa provocó nuestra peor guerra civil, la revolución mexicana, con un millón de muertos y tres presidentes asesinados. Para restaurarnos tuvimos que pelear, que morir, que reconciliar y hasta hubo que expedir otra Constitución. Hubo que pagar el juego.
Lo que le pasó a Gustavo Díaz Ordaz por jugar con el Ejército lo comprometió en un conflicto que no era militar ni requería de la fuerza armada. Tlatelolco no se olvida. Las heridas ya no sangran, pero las cicatrices no se han borrado. Hubo que pagar el juego.
Y lo que le pasó a Luis Echeverría por jugar con el Banco de México. Eso de que las finanzas públicas se manejan desde Los Pinos. Eso de que nuestra moneda se sostiene con el petróleo. Eso de que vale más la palabra presidencial que la reserva monetaria. Eso de que los estadunidenses nos necesitan más a nosotros que nosotros a ellos. El pueblo tuvo que pagar el juego con 20 años de estrechez y de pobreza.
La historia todavía no termina de cobrárselos y todavía faltan 100 años para que el pueblo se olvide de sus juegos. Ellos se fueron al exilio, a su soledad o a su tormento. Pero los mexicanos nos quedamos restaurando lo que rompieron y lo que descompusieron.
Pero, hay muchos otros juguetes presidenciales prohibidos. No se debe jugar con la reelección, como lo hizo Álvaro Obregón. Es cierto que lo asesinó un cristero, pero también es cierto que ya había malestar entre los suyos. Le costó muy caro.
No se debe jugar con los maximatos, como lo hizo Plutarco Elías Calles. Condenó a todos los futuros presidentes mexicanos. Ninguno se ha salvado en el pasado y yo creo que ninguno se salvará en el futuro. Le costó el exilio.
Tampoco se debe jugar con Estados Unidos, como lo hizo Santa Anna. Menospreciando el asunto de Texas, ninguneando a Moses Austin y cometiendo el más grande error de la historia mexicana. A nuestro país le costó la mitadde su territorio.
Estados Unidos y Europa nos enseñan que no se juega con la mafia, como algunos dicen que lo hizo John F. Kennedy. Hay teorías que ligan lo de Sam Giancana, lo de Judith Campbell y lo de Dallas. Por jugar con la mafia a Kennedy le costó la vida.
No se juega con la opinión pública, mintiéndole como lo hizo Richard Nixon. Watergate, The Washington Post y grabaciones secretas. Le costó a Nixon la Casa Blanca.
No se juega con las consultas populares, como lo hizo Charles de Gaulle. Le costó la presidencia. No se juega con Rusia, como lo hizo Adolfo Hitler, cometiendo el más grande error de la historia alemana. Le costó la derrota y la humillación.
No se juega con la UNAM ni con el IMSS ni con la Suprema Corte. No se debe jugar ni con los pobres, como lo hizo Fulgencio Batista, ni con los ricos, como lo hizo Salvador Allende, porque tanto los primeros como los segundos pueden ser muy peligrosos, cada uno a su propia manera y con sus propios medios y métodos.
Para ser político se debe saber con que piezas se juega y con cuales simplemente se pacta, se negocia o mejor se omite jugarlas.
Queda mucho por aprender y el gobierno de la transformación no sabe o cree, ingenuamente, que puede poner las reglas del juego que ha permeado durante décadas.
De los errores se aprende, pero el problema es que a millones de mexicanos les afectaran.
Por ejemplo, lo que le paso a Victoriano Huerta por jugar con la Constitución. Su culpa provocó nuestra peor guerra civil, la revolución mexicana, con un millón de muertos y tres presidentes asesinados. Para restaurarnos tuvimos que pelear, que morir, que reconciliar y hasta hubo que expedir otra Constitución. Hubo que pagar el juego.
Lo que le pasó a Gustavo Díaz Ordaz por jugar con el Ejército lo comprometió en un conflicto que no era militar ni requería de la fuerza armada. Tlatelolco no se olvida. Las heridas ya no sangran, pero las cicatrices no se han borrado. Hubo que pagar el juego.
Y lo que le pasó a Luis Echeverría por jugar con el Banco de México. Eso de que las finanzas públicas se manejan desde Los Pinos. Eso de que nuestra moneda se sostiene con el petróleo. Eso de que vale más la palabra presidencial que la reserva monetaria. Eso de que los estadunidenses nos necesitan más a nosotros que nosotros a ellos. El pueblo tuvo que pagar el juego con 20 años de estrechez y de pobreza.
La historia todavía no termina de cobrárselos y todavía faltan 100 años para que el pueblo se olvide de sus juegos. Ellos se fueron al exilio, a su soledad o a su tormento. Pero los mexicanos nos quedamos restaurando lo que rompieron y lo que descompusieron.
Pero, hay muchos otros juguetes presidenciales prohibidos. No se debe jugar con la reelección, como lo hizo Álvaro Obregón. Es cierto que lo asesinó un cristero, pero también es cierto que ya había malestar entre los suyos. Le costó muy caro.
No se debe jugar con los maximatos, como lo hizo Plutarco Elías Calles. Condenó a todos los futuros presidentes mexicanos. Ninguno se ha salvado en el pasado y yo creo que ninguno se salvará en el futuro. Le costó el exilio.
Tampoco se debe jugar con Estados Unidos, como lo hizo Santa Anna. Menospreciando el asunto de Texas, ninguneando a Moses Austin y cometiendo el más grande error de la historia mexicana. A nuestro país le costó la mitadde su territorio.
Estados Unidos y Europa nos enseñan que no se juega con la mafia, como algunos dicen que lo hizo John F. Kennedy. Hay teorías que ligan lo de Sam Giancana, lo de Judith Campbell y lo de Dallas. Por jugar con la mafia a Kennedy le costó la vida.
No se juega con la opinión pública, mintiéndole como lo hizo Richard Nixon. Watergate, The Washington Post y grabaciones secretas. Le costó a Nixon la Casa Blanca.
No se juega con las consultas populares, como lo hizo Charles de Gaulle. Le costó la presidencia. No se juega con Rusia, como lo hizo Adolfo Hitler, cometiendo el más grande error de la historia alemana. Le costó la derrota y la humillación.
No se juega con la UNAM ni con el IMSS ni con la Suprema Corte. No se debe jugar ni con los pobres, como lo hizo Fulgencio Batista, ni con los ricos, como lo hizo Salvador Allende, porque tanto los primeros como los segundos pueden ser muy peligrosos, cada uno a su propia manera y con sus propios medios y métodos.
Para ser político se debe saber con que piezas se juega y con cuales simplemente se pacta, se negocia o mejor se omite jugarlas.
Queda mucho por aprender y el gobierno de la transformación no sabe o cree, ingenuamente, que puede poner las reglas del juego que ha permeado durante décadas.
De los errores se aprende, pero el problema es que a millones de mexicanos les afectaran.
