Por Julio Gálvez.

Los mexicanos contamos con un pasado rico en historia, tenemos raíces, y esto aunque nos parezca lo más natural del mundo es algo que nos hace ser diferentes en un primer plano de las demás culturas, nuestro bagaje cultural es inmenso, somos producto de un pueblo milenario conquistado. 

El sentimiento de inferioridad es un sello distintivo del mexicano, como lo expresa Octavio Paz en el laberinto de la soledad, este se desarrolla desde el seno materno, es el producto de una violación, la madre indígena violada y ultrajada por el conquistador. En efecto, los mexicanos somos esa mezcla de traumas generados por la conquista española, esos sentimientos que fueron heredados de generación en generación y que nos convierten en un pueblo sumiso.

La independencia y la revolución mexicana, en su momento fueron movimientos sociales controlados por nuestra clase política para implantarle al pueblo un programa mental que somete a los mexicanos a un gobierno fundando en un conjunto de símbolos patrios falsos.

Nuestros gobernantes, a través de las elites intelectuales y los medios de comunicación, castraron irremediablemente con sus reconstrucciones discursivas al indígena, al campesino y al proletariado; construyeron versiones de mexicanidad cimentadas en el sentimiento de inferioridad; fabricaron estereotipos que crearon una supuesta identidad nacional que legitima en el poder a nuestra clase política.

Ante este panorama resulta preguntarnos: ¿Qué somos los hidalguenses?

Desde un punto de vista antropológico somos una creación artificial de nuestros políticos, quienes a través de la cultura oficial crearon un estereotipo de hidalguense nacionalista, machista, fiestero, violento, pero a la vez sumiso y desinteresado de los problemas nacionales.

A través de esta estrategia política de dominación mental, los políticos, han construido las bases simbólicas de una cultura que permite la legitimación de un conjunto de instituciones y la construcción de un sujeto imaginario cuya edificación está asociada con un proceso de control social; por medio de esta estrategia, nuestros gobernantes evitan la amenaza de que surjan tendencias disgregadoras provocadas por antagonismos sociales y políticos. 

De los imaginarios construidos por nuestra clase política, se ha mitificado el sentido del hidalguense para convertirlo en un ente dócil y pasivo, nos han programado para pensar de la misma manera a través de ideas políticas, programas políticos, mitos y una cultura que forma parte de ese sistema de dominación mental diseñado por los que mueven los hilos del poder.

Los hidalguenses, hemos vivido eternamente controlados por un sistema paternalista al que le conviene mantener a gran parte de la población dependiendo del gobierno, de esta forma, de generación en generación, los ciudadanos cuentan con un destino escrito, la mayoría de los jóvenes no tienen ninguna expectativa de ser más de lo que son hoy, los padres saben que la vida de sus hijos será una versión similar a la suya, esa vida frustrada y difícil que depende de un político para subsistir. 

En este sentido, no podemos negar que Hidalgo esta poblado por gente noble y talentosa, sin embargo, continua en el retraso en virtud de que nuestros gobernantes le impusieron a la ciudadanía una cultura, borraron nuestra identidad y eliminaron las tradiciones de nuestros antepasados para suplantarlas por un programa social que legitima en el poder a nuestra clase políticaEn general, somos una sociedad programada para rendirle culto al poderoso gracias al sentimiento de inferioridad heredado genéticamente desde la conquista española y que nuestra clase política ha aprovechado para dominar mentalmente a la población. 

A través del miedo le impusieron a la ciudadanía una forma comunitaria de pensar, obligando a los hidalguenses a fabricar sus propios mecanismos de auto-protección: "todos nos conocemos, rechazamos los cambios, inventamos nuestra propia moralidad, odiamos al que piensa diferente, le tenemos envidia al que triunfa, hacemos amistad solo con las personas que se encuentran dentro de nuestro circulo social, copiamos las modas de nuestros ídolos de barro y nos sentimos orgullosos de ser la entidad federativa con los índices de alcoholismo más elevados del país". 

En pocas palabras, Hidalgo, es el Estado de los sueños frustrados, somos una sociedad culturalmente castrada en la que el más ebrio es el más aceptado, y esto es así porque los miembros de nuestros círculos sociales vacíos no pueden destacar en nada productivo e imaginariamente inventan sus propios logros. Los hidalguenses somos los habitantes de una entidad federativa donde el alcohol, la política, la discriminación y la corrupción, se han convertido en nuestra cultura.

En efecto, vivimos en un lugar donde el ebrio del pasado se convierte en el gobernante del futuro, por lo que debemos hacer conciencia, nuestra clase política se encuentra heredándole a los jóvenes una sociedad de apariencias donde se respira una perdida de valores alarmante. 

En el gobierno, en el fútbol,  en los restaurantes, en el cine, en los conciertos, en los escasos eventos culturales, los políticos son los que gozan de privilegios, tienen los mejores boletos, los mejores lugares, la mejor mesa, la mejor posición, etc; los ciudadanos comunes y corrientes nunca podrán ocupar un lugar digno dentro de ese estatus imaginario debido a que en tierras hidalguenses, el poder solo sirve para crear desigualdad y simular una realidad social.  


Fotografía de una vivienda ubicada en el Macromural de Palmitas en Pachuca, Hidalgo.

_____________________________


Julio Alejandro Gálvez Bautista, es Licenciado en Derecho y Especialista en Derecho Civil por la Universidad la Salle; tiene estudios de Maestría en Derecho Procesal Constitucional y Doctorado en Derecho por la Universidad Panamericana. Desde el 2006 se ha desempeñado como profesor de licenciatura y postgrado, así como conferencista en materia de derecho constitucional y derechos humanos fundamentales. 

Cuenta con diversas publicaciones en libros, revistas académicas y periódicos, ha enfocado su trabajo en temas sobre derecho constitucional, derechos humanos, derechos sociales, libertad de expresión y reforma gubernamental. Sus aportaciones al campo jurídico fueron utilizadas por el Congreso de Argentina para la despenalización de la tenencia para el consumo personal de estupefacientes y psicotrópicos. Es colaborador de la Revista Internacional de Derecho “Garantismo Judicial” presidida honoríficamente por el Profesor Luigi Ferrajoli y Dirigida por el Doctor Fernando Silva García. Actualmente es Director General del Semanario El Nuevo Gráfico y del Centro de Investigaciones Sociales (CIS).