La falsa izquierda mexicana



20 de enero de 2026

La autodenominada izquierda mexicana no representa una ruptura con el viejo régimen ni una alternativa democrática moderna; es, en buena medida, la reconfiguración populista de una cultura política autoritaria profundamente arraigada. Bajo el discurso de justicia social, pueblo y transformación, se ha consolidado un modelo que reproduce prácticas de centralización del poder, subordinación institucional y polarización moral. Desde las ciencias políticas y la antropología social, este fenómeno ha sido descrito no como una izquierda en sentido estricto, sino como la persistencia del nacionalismo revolucionario con ropaje retórico progresista.

El diagnóstico más influyente sobre esta continuidad lo ofrece Roger Bartra, quien en La fractura mexicana y Regreso a la jaula sostiene que amplios sectores de la izquierda mexicana padecen una melancolía política: la nostalgia por un orden autoritario conocido, estable y jerárquico. Para Bartra, la supuesta izquierda no se emancipa del pasado priista, sino que lo recicla: mantiene el culto al líder, la desconfianza hacia los contrapesos y la idea de que el Estado debe concentrar decisiones en nombre de un “pueblo” homogéneo. La hipocresía surge cuando este esquema se presenta como progresista mientras reproduce las mismas lógicas de poder que dice combatir.

Esta crítica es central para entender por qué Movimiento Regeneración Nacional y el movimiento encabezado por Andrés Manuel López Obrador no encajan en una definición rigurosa de izquierda democrática. No basta con proclamarse de izquierda ni con desplegar políticas asistenciales para serlo. Desde la teoría política, la izquierda se define por principios verificables: igualdad material acompañada de instituciones fuertes, ampliación de derechos, pluralismo, legalidad y rendición de cuentas. Cuando estos elementos se sustituyen por lealtad al líder, plebiscitarismo y narrativa moralizante, el resultado deja de ser izquierda y se convierte en populismo.

Conviene subrayarlo con precisión, porque el populismo suele ocultarse detrás de una falsa dicotomía: existen izquierdas modernas que no están peleadas con la generación de riqueza, sino que la consideran condición indispensable para reducir la desigualdad de forma sostenida. Las socialdemocracias de Suecia, Dinamarca y Alemania, así como experiencias progresistas institucionales en Chile y Uruguay, han demostrado que una izquierda democrática puede combinar mercado, inversión, innovación y crecimiento económico con Estados de bienestar sólidos, sindicatos reales y políticas fiscales redistributivas. En esos modelos, la riqueza no se demoniza: se regula, se grava y se orienta al interés público. La diferencia con el populismo es crucial: mientras la izquierda moderna construye instituciones para producir y redistribuir riqueza, el populismo sacrifica estructura a cambio de relato.

En este punto resulta clave el contraste entre izquierda democrática y populismo. Norberto Bobbio subrayó que la izquierda se caracteriza por su compromiso con la igualdad dentro del Estado de derecho. El populismo, en cambio, subordina el derecho a la voluntad del líder que dice encarnar al pueblo. Ernesto Laclau explicó el populismo como una construcción discursiva que articula demandas sociales bajo una figura unificadora; el problema, advertido por sus críticos, es que esa lógica tiende a disolver la pluralidad y a degradar las instituciones en nombre de una supuesta unidad popular. En México, la mayoría electoral se presenta como autorización para capturar órganos autónomos, presionar al Poder Judicial y desacreditar cualquier disenso como traición.

La antropología política aporta una explicación cultural a esta deriva. Bartra utiliza el concepto de melancolía para describir una sociedad que prefiere la seguridad simbólica del mando fuerte a la complejidad de una democracia institucional. Esta predisposición facilita la aceptación de un liderazgo que promete orden moral, redención histórica y protección social, aun a costa de libertades y contrapesos. En términos de ciencia política, esto se aproxima a lo que Guillermo O’Donnell denominó “democracia delegativa”: regímenes donde el voto legitima un poder que luego gobierna sin controles efectivos.

Un elemento empírico que evidencia con crudeza la falsedad de esta izquierda es el chapulinaje político. Lejos de construir una identidad ideológica coherente, Morena se convirtió en un imán para cuadros provenientes del PRI, PAN y PRD, muchos de ellos formados en las prácticas que hoy se dicen combatir. Este trasvase masivo no fue una anomalía, sino una estrategia: no importaron trayectorias ni responsabilidades pasadas, sino la capacidad de operar, sumar estructuras y conservar redes de poder. Los mismos de siempre cambiaron de siglas sin cambiar de hábitos, garantizando la continuidad de privilegios bajo una nueva narrativa moral. 

La normalización del chapulinaje desnuda la lógica real del proyecto: el poder por el poder. Una izquierda auténtica exigiría coherencia, ruptura con el corporativismo y límites claros al oportunismo. Aquí ocurrió lo contrario: se premió la lealtad y la eficacia electoral por encima de principios. El resultado es una coalición pragmática donde viejas élites, cacicazgos regionales y operadores tradicionales son absueltos en nombre de la “transformación”, confirmando que no hubo renovación ética, sino administración del poder heredado.

La distancia con una izquierda auténtica se vuelve aún más clara en libertades y derechos. La izquierda democrática defiende prensa crítica, disenso y transparencia, incluso cuando incomodan al gobierno. Aquí resulta indispensable Noam Chomsky y su ensayo La responsabilidad de los intelectuales: la neutralidad frente al abuso es complicidad. La izquierda que estigmatiza al crítico y convierte la verdad en propaganda abandona su responsabilidad moral básica. 

La prueba final para distinguir izquierda de populismo es sencilla. Izquierda auténtica: ciudadanía fuerte, instituciones fuertes, derechos fuertes y una economía capaz de generar riqueza para redistribuirla con reglas. Populismo: líder fuerte, relato fuerte y enemigos útiles. El chapulinaje masivo, la captura institucional y la continuidad de privilegios confirman que la llamada izquierda mexicana no busca transformar el poder, sino heredarlo y administrarlo con nuevas consignas. Si un movimiento necesita distorsionar la verdad para sostenerse, ya comenzó a pudrirse. Y en México, esa pudrición se presenta, paradójicamente, como transformación.