Con la llegada del modelo neoliberal desplazaron al proyecto de centroizquierda construido por Javier Rojo GómezJulio Gálvez
19 de febrero de 2026
Para comprender la transformación política del estado de Hidalgo en las últimas décadas, es indispensable trazar un paralelo que rara vez se analiza con la profundidad que merece: la coincidencia temporal y programática entre el gobierno federal de Carlos Salinas de Gortari y el gobierno estatal de Jesús Murillo Karam. No se trata de una mera coincidencia cronológica; es, en esencia, la implantación de un modelo económico y político que reconfiguró las estructuras de poder en la entidad y que, a la postre, terminó por excluir a quienes habían edificado el proyecto político hidalguense desde sus raíces populares.
Antes de ese periodo, la política hidalguense operaba bajo una lógica completamente distinta. Los políticos no disponían de las enormes cantidades de presupuesto público que hoy se manejan y que, con frecuencia, se convierten en negocios al amparo del poder mediante licitaciones públicas y contratos gubernamentales. El aparato estatal era más austero, y la relación entre el gobierno y la sociedad estaba mediada por una política social que, con todas sus imperfecciones, mantenía un vínculo orgánico con las comunidades. Fue precisamente durante el sexenio de Murillo Karam cuando se implementó en Hidalgo el sistema neoliberal: un modelo que privilegia la apertura económica, la desregulación y la participación del capital privado en asuntos que antes correspondían exclusivamente al Estado. Todo ese andamiaje de licitaciones, contratos multimillonarios y negocios desde el poder comenzó en aquel sexenio y no se detuvo jamás.
Pero para dimensionar el alcance de lo que ocurrió, es necesario remontarse a un momento decisivo que bien podría considerarse el punto de inflexión entre dos épocas. Hubo una reunión que marcó el destino político de Hidalgo. El licenciado Jorge Rojo Lugo, líder indiscutible del grupo Huichapan y figura central de la política hidalguense de su tiempo, convocó a sus más cercanos colaboradores. Entre los asistentes se encontraban Rubén Licona, Adalberto Chávez, Octavio Soto y Jesús Murillo Karam, entre otros. En aquella reunión, don Jorge Rojo Lugo pronunció palabras que definirían (por su incumplimiento) el futuro político de la entidad: declaró que de entre los presentes habría de salir el próximo gobernador del estado, y que lo único que pedía era que, fuera quien fuera el elegido, todos se apoyaran mutuamente. Que no se dividieran. Que mantuvieran la unidad del grupo que con tanto esfuerzo se había construido.
El designado fue Jesús Murillo Karam. Sin embargo, contrario al mandato de lealtad y unidad que Rojo Lugo había establecido, las personas que estuvieron en aquella reunión y que también aspiraron a la gubernatura (miembros todos del grupo Huichapan) fueron sistemáticamente excluidas por el nuevo gobernador. La promesa de cohesión se convirtió en su opuesto: la fragmentación deliberada del grupo político que lo había catapultado al poder. Es cierto que Murillo ofreció un cargo público a José Antonio Rojo, hijo de don Jorge, en lo que bien puede interpretarse como un gesto de protección personal. No obstante, esa protección individual no compensó la traición colectiva: Murillo no ayudó al grupo Huichapan en su conjunto. Los políticos que formaban parte de esa estructura, los cuadros que Jorge Rojo Lugo había formado y articulado durante años, comenzaron una debacle irreversible.
La traición, sin embargo, no fue meramente personal o de grupo; fue ideológica y estructural. Al implementar el modelo neoliberal en Hidalgo, que fue distorsionando en el capitalismo de cuates, Murillo Karam no solo desplazó a personas: desplazó una forma de entender y hacer política. Las viejas formas, basadas en la cercanía con el pueblo, en la política social, en el compromiso con las comunidades rurales, fueron sustituidas por un sistema donde el presupuesto público se convirtió en instrumento de enriquecimiento y donde las licitaciones y los contratos gubernamentales pasaron a ser el verdadero eje de la actividad política. El neoliberalismo, por su propia naturaleza, es excluyente: premia la eficiencia de mercado sobre la justicia social, privilegia al capital sobre el trabajo y reemplaza la solidaridad comunitaria por la competencia individual. En Hidalgo, su implementación significó el fin de un proyecto político que, con raíces en el cardenismo y en el reparto agrario, había mantenido una conexión vital con los sectores más vulnerables de la sociedad.
Consumada la exclusión, Murillo Karam dejó la gubernatura a Manuel Ángel Núñez Soto, no sin antes sortear el conflicto político que se generó con José Guadarrama Márquez por la candidatura del PRI. Núñez Soto, a su vez, permitió la llegada de Miguel Ángel Osorio Chong, quien consolidó su propia red de poder. Después llegó Francisco Olvera Ruiz y, por último, Omar Fayad Meneses, quien incluso había sido colaborador directo de Murillo Karam. Así se conformó el grupo Hidalgo: una cadena de gobernadores unidos no por una ideología de servicio social, sino por la continuidad del modelo neoliberal. Cada administración profundizó las prácticas de su antecesora: mayor presupuesto público canalizado hacia negocios privados, más licitaciones como mecanismo de distribución de la riqueza entre los allegados al poder, y un distanciamiento creciente respecto a las necesidades reales de la población. Este grupo, que nació de la traición a los principios del grupo Huichapan, construyó un sistema cerrado donde el acceso al poder político dependía de la integración al modelo neoliberal. Quienes no se adaptaron quedaron fuera; quienes se resistieron fueron marginados.
Ahora bien, para entender cabalmente lo que se perdió con esa exclusión, es necesario volver la mirada hacia la figura de Javier Rojo Gómez, gobernador de Hidalgo entre 1937 y 1940, y una de las figuras políticas más relevantes en la historia de la entidad. Rojo Gómez, en plena época cardenista, impulsó con determinación el reparto de tierras en Hidalgo, implementando una política agraria que transformó la estructura de propiedad en el estado y que dio origen a una tradición política comprometida con los sectores campesinos y populares. El grupo Huichapan, heredero directo de esa tradición, se inscribe naturalmente en la centroizquierda del espectro político. Su ideología no se basa en el libre mercado ni en la desregulación económica, sino en el compromiso con la política social, el reparto equitativo de la riqueza y la cercanía con las comunidades. Es un proyecto que entiende al Estado como garante de derechos sociales, no como facilitador de negocios privados.
Por eso sostenemos, desde este artículo, que el grupo Huichapan pertenece a la centroizquierda y que no forma parte del sistema neoliberal que se implantó a partir del sexenio de Murillo Karam en adelante. Su exclusión del poder no fue producto de su ineficacia política, sino de la incompatibilidad de sus principios con el nuevo modelo: un sistema que no tenía espacio para quienes anteponían el bienestar colectivo a la acumulación de capital político y económico. El grupo Hidalgo traicionó al grupo Huichapan precisamente porque el neoliberalismo necesitaba eliminar todo vestigio de una política social auténtica para consolidarse sin contrapesos.
Si algo queda claro de este análisis, es que la única forma en que el grupo Huichapan puede volver al poder es regresando a sus raíces. No a las prácticas del pasado por nostalgia, sino a los principios que le dieron origen: la cercanía con el pueblo, el compromiso con la justicia social y la convicción de que la política debe servir para mejorar la vida de las personas, no para enriquecer a unos cuantos.
En un momento en que México vive una transformación política profunda, donde el discurso de la austeridad republicana y el combate a la desigualdad han recuperado centralidad, el grupo Huichapan tiene la oportunidad histórica de reconectarse con su vocación original. El legado de Javier Rojo Gómez y de Jorge Rojo Lugo no es un peso muerto del pasado: es una brújula que señala hacia dónde debe caminar la política hidalguense si aspira a ser algo más que un mecanismo de reparto de presupuestos y contratos. La traición del modelo neoliberal al grupo Huichapan no fue solo política; fue una traición a los principios que durante décadas dieron sentido a la acción pública en Hidalgo. Revertir esa traición no requiere venganza ni resentimiento: requiere memoria, convicción y el coraje de volver a poner al pueblo en el centro de la política.
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Artículo de opinión. Las ideas expresadas representan el análisis del autor sobre la evolución política del estado de Hidalgo.
Es pertinente señalar que los hechos y dichos referidos en este texto le constan de manera directa al suscriptor de este artículo, toda vez que fueron dialogados personalmente con el licenciado Jorge Rojo Lugo durante una conversación sostenida en el año 2004.