Ni venganza ni perdón: El testimonio de Scherer que abre una grieta en el corazón de la 4T



Julio Gálvez  

Ciudad de México, 11 de febrero de 2026.

“Ni venganza ni perdón”, el libro firmado por Julio Scherer Ibarra en coautoría con el periodista Jorge Fernández Menéndez (Planeta), es un ajuste de cuentas que se presenta como memoria: la crónica de una amistad y una cercanía con Andrés Manuel López Obrador que —según sus autores— atravesó tres décadas y terminó mal, con heridas internas, venganzas y un Estado que, cuando se siente exhibido, reacciona como suele reaccionar el poder en México: castigando al que se va.

El libro está construido como una conversación larga —testimonio y reconstrucción política— donde Scherer, exconsejero jurídico de la Presidencia, narra desde dentro cómo se tomaban decisiones, cómo se cocinaban candidaturas, cómo operaban las lealtades y cómo se imponían “tarjetas” informativas, filtros y relatos. En esa narrativa, López Obrador aparece con afecto personal pero también con defectos políticos: un presidente guiado por intuición, poco dado a la administración y proclive a encerrarse en su círculo de confianza.

El hilo conductor no es solo AMLO, sino la arquitectura del primer círculo: las dinámicas internas de gabinete, la lógica de “amigos” y “enemigos” en un gobierno que, de acuerdo con el propio libro, se movía entre disputas palaciegas y decisiones tomadas al filo de la presión mediática. La obra, subraya que Scherer apunta a varias figuras del obradorismo, a quienes atribuye vendettas, manipulación o ineficiencia, en un sexenio que describe como un campo minado de intrigas.

En ese catálogo de acusaciones, uno de los capítulos más explosivos es el que se centra en Jesús Ramírez Cuevas. “Ni venganza ni perdón” sostiene que hubo “injerencia directa” y consecuencias vigentes por la relación de Ramírez —y otros funcionarios— con Sergio Carmona, empresario tamaulipeco asesinado en 2021 y apodado “el rey del huachicol”. El libro afirma que “documentos de inteligencia y testimonios” ubican a Ramírez Cuevas en reuniones con Carmona y lo colocan como presunto puente para acercarlo al círculo político de Morena, incluyendo —según versiones citadas— a Mario Delgado e incluso, al propio López Obrador.

La tesis es clara: si Carmona era un operador con dinero —presuntamente— proveniente del contrabando de combustible y del llamado “huachicol fiscal”, entonces la pregunta ya no es moral sino estructural: ¿cómo entra ese dinero al sistema político?, ¿quién abre puertas?, ¿quién legitima al personaje? El libro sostiene que Carmona habría buscado “apoyos económicos” para campañas clave en el norte del país y lo presenta como parte del engranaje electoral morenista en esa región.

En paralelo, el texto retrata a Ramírez Cuevas como un operador con influencia que excedía la vocería: alguien capaz de intervenir en disputas internas, operar narrativas y afectar decisiones. En un pasaje, se plantea que un “grupito” filtraba temas y empujaba agendas, con Ramírez como conducto; y se describen consecuencias políticas de esa operación.

Las acusaciones ya detonaron respuesta pública. Jesús Ramírez Cuevas rechazó los señalamientos, calificó el libro como “libelo” y negó vínculos con actos de corrupción o con personajes criminales; además retó a que se presenten pruebas ante tribunales. La presidenta Claudia Sheinbaum lo respaldó y descartó versiones sobre una eventual salida del funcionario.

El libro, así, queda instalado en el punto exacto donde duele: no es un ataque externo, sino un relato desde adentro. Y por eso mismo incomoda más. La lectura política es inevitable: Scherer no solo narra; responsabiliza. Atribuye errores, distorsiones de información, decisiones torcidas y, sobre todo, expone una disputa por el control del relato histórico del obradorismo. Tras revisar sus 319 páginas, el libro es un golpe que salpica a la 4T, pero que apunta especialmente a cuadros vinculados al expresidente AMLO.

La pregunta de fondo no es si Scherer escribe por lealtad o por revancha —esa batalla la librarán sus lectores—, sino qué tanto de lo que cuenta puede contrastarse con documentos, expedientes, testimonios verificables y la ruta del dinero. Porque si la historia del “Rey del Huachicol” y sus presuntos nexos políticos se queda en el terreno de la insinuación, será munición para la polarización; pero si se sostiene con evidencia, entonces “Ni venganza ni perdón” no será un escándalo editorial: será la radiografía de un mecanismo que México conoce demasiado bien y que, sexenio tras sexenio, se recicla con distintos colores y el mismo cinismo.