El Plan B electoral de Sheinbaum y la ruta hacia el bipartidismo



La austeridad es el discurso. La consolidación de un sistema de dos grandes bloques es el efecto. Un análisis de ciencia política y derecho constitucional sobre la reforma que puede rediseñar el mapa del poder en México

23 de marzo de 2026

La pregunta que la opinión pública no se está formulando con suficiente claridad no es si el Plan B electoral ahorra dinero —probablemente lo haga—, sino qué sistema político quedará en pie cuando termine de aplicarse. La respuesta, tanto por diseño como por efecto, apunta en una dirección que la ciencia electoral conoce bien: el bipartidismo. Un México donde Morena consolide la izquierda y el centro absorbiendo los restos del PRI y sus satélites, y donde el PAN se erija como el único referente de la derecha organizada. Lo demás —PT, Verde, Movimiento Ciudadano, lo que sobreviva del priismo— queda reducido a comparsa o a la extinción.

No se trata de una lectura conspirativa. El propio vicecoordinador de Morena en la Cámara de Diputados, Leonel Godoy, advirtió en una reunión privada de legisladores morenistas que el modelo propuesto provocaría que en México solo gobiernen Morena y el PAN. De esta forma, nos encontramos ante una reforma electoral orientada hacia un bipartidismo.

El Plan B presentado al Senado el 17 de marzo de 2026 opera en tres frentes que, vistos individualmente, parecen medidas de austeridad razonable, pero que en conjunto configuran un sistema de expulsión gradual de las fuerzas políticas minoritarias. El primero es la reducción de los cabildos municipales a un rango de entre 7 y 15 regidores. Los regidores en una gran parte del país son electos por representación proporcional, un mecanismo diseñado para compensar las pérdidas en mayoría y asegurar la pluralidad en los cabildos, permitiendo que las minorías tengan presencia y voz en la toma de decisiones. Al reducir los asientos disponibles, la barrera para que un partido pequeño obtenga una regiduría se eleva matemáticamente. En un cabildo de 25 miembros, un partido con el 8% de los votos puede aspirar a un espacio; en uno de 9, necesita casi el 20%. Los que no llegan simplemente desaparecen del mapa municipal.

El segundo frente es el tope presupuestal del 0.70% del presupuesto estatal para los congresos locales. Esto no solo afecta a los legisladores en funciones; estrangula la infraestructura institucional que permite a los partidos minoritarios tener presencia territorial. Si los congresos locales se encogen, los espacios de representación proporcional estatal también lo harán en la práctica. El tercer frente son los topes salariales y la eliminación de prestaciones para funcionarios electorales. La reforma establece que ningún funcionario del INE, de los organismos electorales locales ni de los tribunales electorales podrá ganar más que la presidenta, y se eliminarían bonos, seguros y prestaciones adicionales. Medida popular, sin duda. Pero al debilitar la estructura profesional del árbitro electoral, se reduce la capacidad operativa del sistema que garantiza condiciones equitativas para todos los competidores, especialmente los más pequeños, que dependen más del arbitraje justo que de su propia maquinaria.

Ahora bien, ¿es eso necesariamente malo? Aquí es donde el análisis exige honestidad intelectual, porque la respuesta no es blanco y negro. Hay un argumento legítimo de ciencia política que sostiene que la fragmentación excesiva del sistema de partidos no es sinónimo de salud democrática. México arrastra desde hace décadas el fenómeno de los partidos satélite: organizaciones que no representan una base social real sino que funcionan como franquicias electorales para negociar posiciones de poder. El PT y el Verde no son partidos ideológicos en el sentido clásico; son estructuras de supervivencia política que se adhieren al bloque dominante del momento. Antes orbitaron al PRI, ahora orbitan a Morena. Su contribución a la pluralidad democrática es, como mínimo, cuestionable.

Si la reforma electoral provoca que estas organizaciones sean absorbidas o desaparezcan, el resultado no es necesariamente el fin de la democracia, sino potencialmente su clarificación. Un sistema donde Morena represente con nitidez al proyecto de izquierda nacional-popular y el PAN al conservadurismo liberal-democrático ofrece al elector una opción ideológica más transparente que el actual mosaico de siglas intercambiables. Las democracias más consolidadas del mundo —Estados Unidos, Reino Unido durante gran parte del siglo XX— operaron bajo esquemas bipartidistas sin que eso significara autoritarismo. Los datos del gobierno tampoco son desdeñables: un ahorro estimado de 4 mil millones de pesos que se quedarían en estados y municipios para servicios públicos básicos. Que Acapulco tenga 20 regidores, Monterrey 28 y Puebla 23 resulta difícilmente justificable cuando comunidades enteras carecen de agua potable y drenaje funcional.

Hay, además, un ángulo que el debate doméstico está pasando por alto. El mismo 18 de marzo en que el Senado recibía formalmente el Plan B, el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, y el representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, iniciaban en Washington las negociaciones presenciales para la revisión del T-MEC, el tratado que enmarca el 86% de las exportaciones mexicanas y un intercambio comercial superior a los 870 mil millones de dólares anuales. Los tres países deben decidir este año si extienden el acuerdo por otros 16 años o si inician un complejo proceso de revisión; si no logran un pacto, el tratado expiraría. Un país que se sienta a negociar la relación comercial más importante de su historia necesita transmitir gobernabilidad, certidumbre y capacidad de sostener compromisos de Estado a largo plazo. Un sistema político donde las decisiones estratégicas están sujetas al chantaje permanente de partidos satélite que condicionan su voto a cambio de cuotas de poder no transmite esa señal. Un sistema con dos grandes fuerzas identificables, capaces de generar mayorías funcionales y alternancia real, sí lo hace. La simplificación del mapa partidista no es ajena a la mesa de negociación con Washington; es, en cierto sentido, una condición para llegar a ella con más fuerza.

Sin embargo, la ciencia política también enseña que el bipartidismo funciona solamente cuando existe un terreno de juego nivelado entre los dos grandes competidores. Y aquí es donde el Plan B revela su contradicción más profunda: mientras reduce los espacios para la pluralidad, simultáneamente otorga al partido en el poder una ventaja estructural que ningún sistema bipartidista sano toleraría. La propuesta habilita a la titular del Ejecutivo Federal para promover activamente la participación ciudadana en la revocación de mandato, que se adelantaría al tercer o cuarto año de gobierno y se haría concurrir con las elecciones intermedias de 2027. Si la presidenta puede hacer campaña por su ratificación el mismo día que los mexicanos votan por diputados, gobernadores y hasta jueces, el efecto de arrastre contamina toda la jornada electoral a favor de Morena. No es bipartidismo; es bipartidismo con dados cargados.

La Comisión de Venecia ha sido categórica en que los poderes públicos deben mantener imparcialidad estricta durante consultas populares. La reforma de 2007-2008 se construyó precisamente para erradicar la intromisión gubernamental en los comicios. Legalizar esa intromisión al mismo tiempo que se reduce la presencia de la oposición en los órganos de representación no es modernización democrática; es concentración del poder con ropaje institucional. Las tensiones son visibles incluso dentro de la coalición: el diputado petista Benjamín Robles calificó de inequitativo que la presidenta pudiera hacer campaña en 2027, mientras que el senador Alejandro González Yáñez consideró la redacción ambigua. El PT sabe, con la lucidez que da la supervivencia, que esta reforma lo condena a la irrelevancia o a la absorción. De ahí su resistencia. No es ideología; es instinto de conservación.

El sistema electoral mexicano no nació perfecto; se construyó a lo largo de cuatro décadas como respuesta directa a 70 años de hegemonía de un solo partido. Como lo recordó la fracción petista en la discusión en comisiones, la reforma de 1977 fue una conquista de la lucha de la izquierda que costó vidas y persecuciones, y la de 1996 marcó un avance crucial en la vida democrática al reconocer que la democracia no solo se trata de mayorías, sino de la diversidad de pensamientos e ideas. La representación proporcional, los plurinominales, el financiamiento público equitativo y la autonomía del INE no fueron concesiones graciosas del poder; fueron diques construidos para que nunca más un solo partido controlara todo. Como advirtió la académica de la UNAM y expresidenta de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, Ruth Zavaleta Salgado, no habrá reforma electoral legítima que no contemple el fortalecimiento del pluralismo político, y cuando los mecanismos de democracia directa se anteponen por encima de la representativa, estamos hablando de una democracia plebiscitaria.

El bipartidismo puede ser un resultado natural de la maduración del sistema político mexicano, e incluso puede fortalecer la posición de un país que necesita interlocutores claros para negociar su lugar en la economía global. Si los partidos satélite desaparecen porque la ciudadanía deja de votarlos, la democracia funciona. Pero si desaparecen porque se les cerró institucionalmente la puerta desde la Constitución mientras se le abre una ventana al partido gobernante para usar el Estado como plataforma de campaña, entonces no estamos ante una evolución democrática. Estamos ante una regresión con buena publicidad.

El Senado aplazó la discusión del Plan B hasta el 24 de marzo debido a ajustes en la redacción legislativa. La pausa, involuntaria o no, es una oportunidad. Porque lo que se debate en esas comisiones no es solamente cuánto cuestan las regidurías ni quién gana más que la presidenta. Lo que se debate es quién tendrá voz en la democracia mexicana de los próximos 30 años, y quién quedará callado para siempre.​​​​​​​​​​​​​​​​