La traición que Sheinbaum sabía que vendría



En política, no todas las derrotas son fracasos. Algunas son trampas bien tendidas.

Julio Gálvez

13 de marzo de 2026

El 11 de marzo de 2026, la Cámara de Diputados rechazó en lo general la reforma electoral enviada por la presidenta Claudia Sheinbaum, con 259 votos a favor, 234 en contra y una abstención. Para ser aprobada, la iniciativa requería 334 votos —dos terceras partes de los 500 legisladores— al tratarse de modificaciones constitucionales. No los obtuvo. El hecho tiene una dimensión histórica que trasciende el marcador: fue la primera vez que la alianza PT-PVEM-Morena rompió el acuerdo de ir juntos en una votación a favor de una reforma enviada por el Ejecutivo Federal.


Lo llamativo no es el resultado. Lo llamativo es cómo llegó.

Días antes de la votación, cuando su coordinador Ricardo Monreal ya había reconocido públicamente que no tenían los votos suficientes, la presidenta Sheinbaum se negó a hacer un llamado de último momento al PT y al Verde para que reconsideraran su posición. "No, que cada quien decida", respondió. Una presidenta que negoció decenas de reformas constitucionales en el trienio anterior, que movió voluntades parlamentarias con una eficiencia que sus antecesores envidiarían, de pronto se encogió de hombros ante su propia derrota anunciada. El gesto, leído con frialdad maquiavélica, no parece resignación: parece cálculo.

La pregunta que ese cálculo genera es directa: ¿qué ganó Sheinbaum con ese rechazo? La respuesta es visibilidad sobre quiénes son sus aliados reales. El Partido del Trabajo argumentó que la iniciativa representaba "el regreso del sistema del Partido de Estado", mientras que el PVEM remarcó que no apoyaría un proyecto que redujera el presupuesto al INE. Ambos partidos, que deben su supervivencia política a la sombra electoral de Morena, eligieron defender su presupuesto propio sobre la agenda de la presidenta. El acto no pasó inadvertido. En al menos tres puntos de la ciudad de Oaxaca aparecieron lonas con los rostros de los diputados del PT y PVEM bajo la leyenda "Traidores a la patria. Votaron contra la reforma electoral. Votaron contra el pueblo". Sheinbaum repudió públicamente las mantas, pero el mensaje ya circulaba.

El origen del problema es estructural, no coyuntural. Analistas señalaron que el PT y el PVEM actuaron "por sobrevivencia": la reforma que proponía Sheinbaum eliminaba figuras de representación proporcional en el Senado y modificaba la elección de los 200 diputados plurinominales, lo que habría reducido el poder de veto que ambos partidos ejercen sobre las mayorías calificadas. "Una reforma en la que en realidad el partido mayoritario eventualmente no te va a necesitar, pues es una reforma que te está condenando eventualmente a la extinción", advirtió la analista Paula Sofía Vázquez. Dicho en términos llanos: Morena se alió con partidos cuyo único interés ha sido garantizar su propia permanencia, no la transformación del país. El resultado era predecible.

Aquí entra la pieza más inquietante del tablero. La agrupación "Que Siga la Democracia" nació de las filas morenistas. Su exdirigente, Gabriela Jiménez Godoy —quien impulsó la consulta de revocación de mandato de López Obrador—, es actualmente diputada federal por Morena. Su representante legal, Edgar Francisco Garza Ancira, fue consejero nacional y estatal de Morena hasta que el partido le abrió un procedimiento por su intención de fundar esta nueva organización. El vínculo con la base histórica del movimiento es indisimulable, y la coincidencia temporal con la fractura legislativa del 11 de marzo resulta difícil de ignorar.

En una movilización de último minuto, la agrupación logró reunir alrededor de 288,000 afiliaciones, superando por escaso margen el umbral mínimo de 256,030 que exige la ley electoral, y realizó 229 asambleas distritales en todo el territorio nacional. El dato tiene doble lectura: por un lado, la fragilidad numérica del proyecto; por otro, la velocidad con que movilizó simpatizantes cuando la coyuntura lo exigió. Existe, en esa movilización acelerada, una señal de que hay una base social morenista descontenta —con el PT, con el Verde, con los operadores oportunistas que colonizaron Morena desde 2018— que está buscando cauce. La derrota legislativa del 11 de marzo agudizó ese descontento. Quienes creyeron en la Cuarta Transformación como proyecto ideológico, y no como trampolín burocrático, tienen ahora una pregunta incómoda: ¿a quién siguen apoyando?

La tesis más incómoda —y quizás la más exacta— es que Sheinbaum lo sabe, y que lo ha calculado con precisión. Luego del rechazo, la presidenta lanzó su "Plan B" de reforma electoral, enfocado en recortes de gasto en congresos locales y municipios, con un ahorro estimado de cuatro mil millones de pesos y un reforzamiento de las consultas populares. La movida fue veloz, técnica y diseñada para demostrar que la agenda reformista no murió con la votación. Pero el fondo político es otro: Sheinbaum está construyendo un relato en el que ella cumple y sus aliados fallan. Ese relato tiene un destinatario preciso: la militancia que podría migrar hacia un nuevo partido.

Morena heredó de López Obrador una contradicción constitutiva. Para ganar la mayoría legislativa que le permitió transformar el país, abrió sus puertas a gobernadores priistas, diputados expanistas, operadores de la vieja guardia y figuras que en otra época habrían sido el blanco de sus propias denuncias. La promesa de pureza ideológica chocó contra la aritmética parlamentaria. El resultado fue un partido que hoy alberga, bajo el mismo techo, a fundadores históricos del movimiento y a recién llegados cuyo único mérito fue adivinar hacia dónde soplaba el viento electoral. Ese sedimento de oportunismo acumulado es, precisamente, lo que alimenta la deserción silenciosa hacia proyectos como "Que Siga la Democracia".

A ese fenómeno se suma el peso del maximato. La influencia informal pero omnipresente que el expresidente López Obrador ejerce desde Palenque sobre decisiones, nombramientos y narrativas no desapareció con el cambio de sexenio. Se instaló en la estructura del partido, en las lealtades cruzadas, en la red de operadores que responden a lógicas distintas a las de la presidenta. Sheinbaum lo heredó junto con la silla. Deshacerlo desde dentro de Morena es casi imposible sin fracturar la coalición que la llevó al poder. Un partido satelital, con ADN morenista pero con dirección propia, resolvería ese dilema sin necesidad de una confrontación abierta que nadie en Palacio Nacional puede permitirse declarar.

La propia presidenta Sheinbaum se mostró escéptica sobre contar con los votos del PT y el PVEM para su Plan B: "Vamos a ver cómo responden, entiendo que han llegado con buen ánimo, pero vamos a ver si solo es ánimo o también están de acuerdo", declaró este viernes 13 de marzo desde Colima. La frase no es esperanza. Es distancia calculada entre una presidenta y unos aliados a los que ya no necesita fingir que confía plenamente.

"Que Siga la Democracia" todavía no tiene registro formal. El INE dispondrá de un plazo aproximado de 60 días para validar las afiliaciones, revisar la legalidad de las asambleas y fiscalizar el origen del financiamiento. Y aun si lo obtiene, la ley le prohíbe participar en coaliciones en su primera contienda electoral, lo que haría de 2027 un año de supervivencia antes que de triunfo. Pero esa restricción tiene otra cara: obliga al nuevo partido a construir identidad propia, a diferenciarse de Morena con claridad suficiente para atraer votos sin depender de su estructura. El movimiento podría ser exactamente lo que la presidenta necesita: una válvula de escape para la militancia disconforme, un termómetro de la fuerza transformadora real, y un instrumento de presión sobre el PT y el Verde sin necesidad de decirlo en voz alta.

En política maquiavélica, el gobernante que más poder acumula no es el que controla directamente todos los actores. Es el que diseña el tablero de modo que todos —incluidos sus adversarios— jueguen, sin saberlo, el juego que él trazó. La reforma electoral fue rechazada. Sheinbaum ya tiene su Plan B. Y "Que Siga la Democracia" espera la resolución del INE.