
Julio Gálvez
19 de junio de 2026
Hace casi un año sostuvimos en estas páginas que el maximato nunca se fue. Los hechos de las últimas semanas no solo confirman aquella tesis: la vuelven incómodamente literal. Pero conviene precisar quién cae y quién permanece, porque ahí está la diferencia entre el análisis y la consigna.
La noche del 10 de junio, la presidenta Claudia Sheinbaum encabezó, como invitada de honor, la cena de gala que la FIFA ofreció en el Castillo de Chapultepec para dar la bienvenida a las 211 delegaciones del Mundial. Junto a Gianni Infantino se dieron cita Carlos Slim Domit, Emilio Azcárraga Jean, Arturo Elías Ayub, gobernadores, senadores y diputados: la misma cúpula económica y política que el lopezobradorismo bautizó durante años con un mote que hoy le devuelve el espejo, los “fifís”. Veinticuatro horas después, la mandataria decidió no asistir a la inauguración en el Estadio Azteca —se convirtió en la primera jefa de Estado anfitriona que no acude desde 1930— y vio el partido “con el pueblo”, desde un deportivo en Gustavo A. Madero. El cálculo es transparente: el banquete con la élite global, en privado; la cercanía popular, para la foto.
Maquiavelo lo escribió hace cinco siglos: en política, los hombres juzgan más por lo que ven que por lo que tocan. El problema para Morena es que esta vez se vio demasiado.
La escena de Chapultepec no es un desliz aislado; es un patrón. En abril, Sheinbaum recibió por tercera ocasión a Larry Fink, presidente de BlackRock —la mayor administradora de activos del planeta—, en Palacio Nacional. Días después anunció que México explorará la extracción de gas no convencional mediante “nuevas tecnologías”: fracking, con otro nombre. El dato que ningún eufemismo borra es que la prohibición del fracking fue el compromiso número 75 de los cien que Andrés Manuel López Obrador firmó en el Zócalo en 2018, y que la propia Sheinbaum hizo suyo en sus iniciativas de 2024. Hoy ese dogma se archiva en nombre de la “soberanía energética”, justo después de departir con el capital financiero global. La presidenta dijo que vincular ambas cosas “da risa”. A las bases que creyeron en aquel discurso no les causa ninguna gracia.
Para entender por qué se cae Morena conviene mirar cómo llegó. Hay una fotografía que lo resume mejor que mil discursos: López Obrador y Enrique Peña Nieto, lado a lado en un pasillo de Palacio Nacional, sonrientes, señalando juntos a la cámara como dos socios que comparten un secreto. La imagen no es anecdótica. En el documental PRI: Crónica del Fin, de Denise Maerker, estrenado en ViX, el propio Peña Nieto reconoció sobre la elección de 2018: “Ganó quien queríamos que ganara”. La frase, en boca del presidente saliente, pesa más que cualquier denuncia opositora.
El presunto pacto entre ambos es materia de debate: en esa misma serie, el priista Roberto Madrazo sostiene que existió un acuerdo de impunidad a cambio de apoyo, mientras que Peña Nieto lo niega y hasta se burla de que se lo pregunten. Pero más allá de si hubo o no un apretón de manos, la confesión de que el régimen saliente deseaba el triunfo de su supuesto adversario desnuda la naturaleza del cambio de 2018: no fue una ruptura, fue una transición administrada con las élites del antiguo régimen, como ya advertían analistas como José Antonio Crespo. La Cuarta Transformación no llegó a demoler el sistema; llegó a heredarlo. Y en México, conviene recordarlo, los cambios de régimen suelen ser mudanzas de rostros, no de estructuras.
Por eso el matiz que separa a este análisis de la euforia opositora: lo que se desmorona no es AMLO. El expresidente diseñó un maximato del siglo XXI y luego hizo lo más astuto que puede hacer un jefe máximo: desaparecer. No va a las mañaneras, no opina, no firma. Desde el silencio observa cómo se cae solo lo que tenía que caerse. Porque los que hoy quedan expuestos no son el movimiento ni sus bases: son los chapulines. Esos cuadros que saltaron del PRI, del PAN, del PRD y del Verde cuando Morena empezó a ganar; los que llegaron por el presupuesto y no por la causa; los que ahora se autodenominan “segundo piso” y se aferran al poder con la desesperación de quien sabe que su única credencial era el nombre prestado de López Obrador.
Y hay una mecánica más profunda, casi de manual maquiavélico: mientras el movimiento siga fracturado, dividido en facciones que solo el nombre de López Obrador puede arbitrar, el maximato no se debilita, se vuelve indispensable. La fragmentación es el oxígeno del jefe máximo. Por eso el verdadero desafío de Sheinbaum no es romper con la Cuarta Transformación —puede gobernar dentro del mismo proyecto—, sino dejar de gobernarlo con el estilo, la liturgia y hasta la firma del antecesor. Mientras la cohesión del oficialismo dependa de un caudillo ausente y no de un liderazgo propio, la presidenta administrará una herencia, no encabezará un gobierno.
Las segundas partes, ya se sabe, casi nunca fueron buenas. Ni en el cine ni en la política.
Conviene decirlo con respeto por quien milita de buena fe: el problema de Morena no es ideológico, es de congruencia. Un partido que se proclama de izquierda, que hizo de la austeridad y de la distancia frente a la élite su sello, no puede brindar en un castillo con los hombres más ricos del país una noche y predicar humildad a la mañana siguiente. No se recuerda a López Obrador —guste o no su proyecto— en una cena de gala con la aristocracia global; ni el protocolo lo arrastró nunca a ese terreno. Se predica con el ejemplo, y el ejemplo que hoy baja desde la cúspide es el de la incongruencia. Esa señal, más que cualquier ataque de la oposición, es la que vacía de sentido al movimiento.
La narrativa, que durante un sexenio fue la principal fortaleza de la 4T, empieza a agotarse. Y cuando el relato se gasta, quedan los aduladores: los barberos del poder que en política siempre sobran y que hoy salen a defender lo indefendible, no por convicción, sino por conservar la silla. Son ellos, no AMLO, quienes se hunden con la marca.
¿Hay salida? La hay, pero exige lo contrario de lo que el reflejo del poder suele permitir: devolver la voz a las bases, recuperar la congruencia con quienes construyeron el movimiento desde abajo y cerrar la puerta de las candidaturas a los chapulines que la abrieron de par en par. Depurar, en lugar de simular.
Mientras tanto, el jefe máximo seguirá donde mejor opera un caudillo: en la sombra, dejando que la división y la ambición ajena hagan el trabajo. El maximato no se sostiene en la fuerza de AMLO, sino en la debilidad de quienes no han sabido construir un proyecto sin él. Sheinbaum tiene la última palabra: gobernar con estilo propio —en la misma línea, si así lo decide, pero con sello propio— o seguir firmando, literalmente, como su antecesor. El maximato sigue en pie. Lo que está por verse es si la presidenta se anima, al fin, a gobernar en nombre propio.