
24 de agosto de 2026
¿Mintió Andrés Manuel López Obrador cuando prometió que tendríamos un sistema de salud como el de Dinamarca?
El Derrida diría que para mentir hay que saber que se está engañando. Si aquello era una promesa, un deseo o incluso una fantasía en la que él mismo creía, la categoría cambia; si sabía que era falso y lo dijo para convencer, entonces estamos en el terreno de la mentira.
Conviene recordar que la desinformación o, mejor dicho, el ruido desinformativo, está hecho de verdades, mentiras, anhelos, creencias, engaños orquestados, errores sin dolo y falsedades perversas. Todo revuelto. Enfrentarlo es bastante más complejo que nombrar un ministerio de la verdad, poner capataces sujetos al gobierno y construir una inquisición con capacidad para multar.
La mejor política para distinguir lo falso y, todavía mejor, para reconocer a los canallas que quieren engañarnos, consiste en combatir con las mismas armas: contenido.
Mucho contenido. Contenido variado y contenido aprendido. Información que pasa por un método –es decir, periodismo– y conocimiento adquirido por experiencia, aulas, libros y vida. Contenido suficiente para poder responder con cierta seguridad: ¿a quién quieres engañar?
A mí no. Yo sé lo que pasa cuando los jueces dependen del barrio y sé qué ocurre cuando la Luna aparentemente cubre al Sol. No necesito que un panista malqueriente me explique una cosa ni que alguien con intereses en la industria espacial me explique la otra. Tengo herramientas previas para desconfiar, contrastar y llegar a una conclusión.
Eso tiene nombre en inglés: media literacy. En español solemos traducirlo como alfabetización mediática y, cuando se usa como indicador, puede servir para algo más interesante que medir conocimientos básicos: permite describir qué tan preparado está un ecosistema social para resistir la manipulación.
Así lo intenta el Media Literacy Index, que mide la capacidad de distintas sociedades para resistir a las idioteces –digo, a la mentira, la desinformación y la propaganda– a partir de variables como la libertad de prensa, la educación, la confianza social y las herramientas digitales disponibles para participar en la conversación pública.
Una sociedad que se asoma al mundo únicamente a través de su burbuja de X difícilmente será muy resistente a la desinformación.
El índice es bastante nuevo, tiene limitaciones y se concentra sobre todo en países europeos, Estados Unidos, Canadá y Japón, pero me interesa por lo que considera importante. La resiliencia y la resistencia a la desinformación no aparece vinculada a ministerios de la verdad ni a sanciones contra los medios, sino a libertad de prensa, resultados educativos en ciencia, matemáticas y lectura, confianza interpersonal e intergrupal –la contracara de la polarización– y un ecosistema digital que permita algo más que encerrarnos con quienes piensan igual.
Mientras tanto, me quedo con la idea que parece simple,pero es civilizatoria (causa y consecuencia de la civilización): la mejor defensa es que seamos difíciles de engañar.
El Derrida diría que para mentir hay que saber que se está engañando. Si aquello era una promesa, un deseo o incluso una fantasía en la que él mismo creía, la categoría cambia; si sabía que era falso y lo dijo para convencer, entonces estamos en el terreno de la mentira.
Conviene recordar que la desinformación o, mejor dicho, el ruido desinformativo, está hecho de verdades, mentiras, anhelos, creencias, engaños orquestados, errores sin dolo y falsedades perversas. Todo revuelto. Enfrentarlo es bastante más complejo que nombrar un ministerio de la verdad, poner capataces sujetos al gobierno y construir una inquisición con capacidad para multar.
La mejor política para distinguir lo falso y, todavía mejor, para reconocer a los canallas que quieren engañarnos, consiste en combatir con las mismas armas: contenido.
Mucho contenido. Contenido variado y contenido aprendido. Información que pasa por un método –es decir, periodismo– y conocimiento adquirido por experiencia, aulas, libros y vida. Contenido suficiente para poder responder con cierta seguridad: ¿a quién quieres engañar?
A mí no. Yo sé lo que pasa cuando los jueces dependen del barrio y sé qué ocurre cuando la Luna aparentemente cubre al Sol. No necesito que un panista malqueriente me explique una cosa ni que alguien con intereses en la industria espacial me explique la otra. Tengo herramientas previas para desconfiar, contrastar y llegar a una conclusión.
Eso tiene nombre en inglés: media literacy. En español solemos traducirlo como alfabetización mediática y, cuando se usa como indicador, puede servir para algo más interesante que medir conocimientos básicos: permite describir qué tan preparado está un ecosistema social para resistir la manipulación.
Así lo intenta el Media Literacy Index, que mide la capacidad de distintas sociedades para resistir a las idioteces –digo, a la mentira, la desinformación y la propaganda– a partir de variables como la libertad de prensa, la educación, la confianza social y las herramientas digitales disponibles para participar en la conversación pública.
Una sociedad que se asoma al mundo únicamente a través de su burbuja de X difícilmente será muy resistente a la desinformación.
El índice es bastante nuevo, tiene limitaciones y se concentra sobre todo en países europeos, Estados Unidos, Canadá y Japón, pero me interesa por lo que considera importante. La resiliencia y la resistencia a la desinformación no aparece vinculada a ministerios de la verdad ni a sanciones contra los medios, sino a libertad de prensa, resultados educativos en ciencia, matemáticas y lectura, confianza interpersonal e intergrupal –la contracara de la polarización– y un ecosistema digital que permita algo más que encerrarnos con quienes piensan igual.
Mientras tanto, me quedo con la idea que parece simple,pero es civilizatoria (causa y consecuencia de la civilización): la mejor defensa es que seamos difíciles de engañar.