Álvaro López.

He leído en las redes sociales una y otra vez el argumento de que López Obrador está haciendo un buen gobierno porque está llevando a cabo un cambio de régimen, porque está poniendo al país de cabeza, lo está sacudiendo, sacudida que, dicen, es necesaria para acabar con las injusticias que afectan a nuestro país.

El problema es que para que un cambio sea bueno no solo tiene que existir sino que su carácter beneficioso debe justificarse a través de sus cualidades. Pero no todos los cambios brillan por sus cualidades, y los que no lo hacen corren el riesgo de colocarnos en un situación más comprometedora que la que ya teníamos.

El discurso de cambio vende, y vende cuando la gente se siente molesta, enfadada, enojada con la situación actual. Vende más cuando este discurso viene acompañado de una narrativa potente. Pero las narrativas, si bien son necesarias, por sí solas no crean cambios. La narrativa parte de un diagnóstico y de una promesa de cambio, genera cohesión en el movimiento, otorga legitimidad al que la pronuncia.

Pero luego viene la parte más difícil, y es la parte que los líderes populistas ya no se atreven a atravesar: se trata de ese tránsito del “deber ser” al “ser”. La narrativa necesita adecuarse a la realidad y pasar a la praxis: ya no se trata de contar una historia bonita y esperanzadora, se trata de confrontarla con la realidad, con la condición humana tal cual es, y es que en el caso de los líderes populistas las narrativas, que suelen tener un carácter idílico, terminan chocando con las fronteras de la realidad y se niegan a ceder, ¡hay que meterla con calzador cueste lo que cueste!

Algunos líderes terminan dándose cuenta de esa disonancia que no les permite ver su narrativa realizada (como fue el caso de Vicente Fox) y terminan cediendo. Aquellos, los más sensatos dentro de lo que cabe (porque prometer en exceso no es necesariamente una expresión de sensatez), terminan entregando una versión muy matizada y reducida de aquella historia que contaron. Pero otros se empecinan en realizarla cuando el mismo sentido común les recuerda una y otra vez su imposibilidad.

Parte de la fe que todavía algunas personas tienen en él tiene como base la promesa de cambio y la percepción de que las cosas se están agitando. Mientras que el caos asusta a algunos, a estos otros los emociona. El caos es el reflejo de la tierra cimbrándose, asumen que los cambios verdaderos generan resistencia (lo cual es de alguna manera cierto, pero que no implica que la existencia de la resistencia sea reflejo de un cambio verdadero o bueno), por eso no se inmutan. Que si las medidas ahuyentan la inversión, que si hace enojar a muchos: los perros están ladrando Sancho, prueba de que vamos avanzando, se repiten en sus cabezas.

La fe en el cambio esperanzador entonces está depositada en el caos que prueba su existencia (o al menos eso piensan) y que toma como base una narrativa que es repetida hasta el cansancio. Pero ese arrojarse a la fe, a la esperanza, se vuelve peligroso; porque si bien el caos puede explicar un proceso de cambio (y no necesariamente lo hace, puede haber un caos que resulte en más o menos lo mismo), no nos dice nada sobre la calidad de dicho cambio que se está llevando a cabo. El caos implica un riesgo, del caos pueden surgir cosas muy buenas que marquen un parteaguas en una sociedad dada, pero de ahí también puede salir lo peor.

Esto quiere decir que el mismo caos tiene que ser criticado y sometido a juicio. Es cierto que es una tarea difícil ya que los juicios pueden partir del paradigma que quiere modificarse (digamos, un conservador medieval criticando el progreso científico, salvando las grandes distancias) pero también es cierto que hay conocimiento histórico, político, económico y técnico para evaluar aquello que se está haciendo.

Con la narrativa, AMLO ha tratado de influir en dicho juicio al pintar al México “pre-caos” (básicamente lo que llama el México neoliberal) como lo peor, como aquella etapa que fue algo así como una desgracia para México donde dice, creció la pobreza y la desigualdad aunque sea él mismo el que termine desmintiéndose. No es que esa etapa “neoliberal” haya sido gloriosa, estuvo lejos de ello en muchos aspectos, pero AMLO se ha negado a matizar siquiera, a reconocer los aciertos que sí hubo, para alimentar su narrativa y blindar al caos de cualquier juicio.

La polarización también sirve como mecanismo para proteger al caos de cualquier juicio. Al dividir a México en dos polos: el pueblo bueno, los que están agitando las cosas y los privilegiados, los fifís, los que quieren que todo se mantenga “igual”, termina anulando la validez de la crítica. Si alguien hace un señalamiento a ese caos que se está creando es que quiere que las cosas se mantengan exactamente igual, que los “políticos sigan robando”: hay un señalamiento ad hominem “apriorizado”; es decir, en automático se considera que quien emite una crítica, cualquiera que sea, es una persona que quiera que las cosas se mantengan igual, que los “pobres se jodan”, entonces su crítica no vale, y como no escucho cualquier crítica al cambio, al caos, entonces pienso que es bueno, que es lo mejor que nos pudo haber pasado.

Pero ese binarismo está lejos de la realidad. Prueba es la gran cantidad de gente que votó por AMLO y después se arrepintió. Prueba de ello eran los números de desaprobación de Enrique Peña Nieto y el desencanto generalizado con la clase política. En realidad era mucha más gente que aquella simpatizante de AMLO la que estaba poco conforme con el Estado de las cosas. Pero mucha de esa gente de la misma forma decidió ser crítica con el cambio (caos) de la misma forma que lo fue con el status quo anterior. Sin embargo esas personas para ellos son, de igual forma, conservadoras.

Y ello también prueba que las críticas al cambio no están tan viciadas de los paradigmas anteriores ya que justo la mayoría de los mexicanos no estaba contenta con dichos paradigmas. La mayoría de los mexicanos querían un cambio, y los cambios traen resistencias, pero las resistencias creadas por este gobierno son las equivocadas: oponen resistencia no necesariamente los empresarios corruptos o la “mafia del poder” sino muchos ciudadanos que ven con mucha preocupación un ambiente de ineptitud e improvisación excesiva en este gobierno (porque vale decirlo, orquestar un caos, cimbrar la tierra, también requiere pericia).

Que las inversiones huyan no es necesariamente un síntoma de que la sacudida vaya a llevarnos a un buen puerto, ni la precariedad económica lo es. AMLO tiene muchos inconformes, pero no es necesariamente porque las resistencias generadas expliquen el “gran cambio”. Muchos de los privilegiados, los beneficiados del México anterior, son los que comen con AMLO en Palacio Nacional, son los que ganan licitaciones directas. Dicho esto, el cambio propuesto mantiene intacto muchos de los vicios, incluso aquellos que explican el origen de eso que AMLO llama “el neoliberalismo” que, en su peculiar definición, significa la viciosa relación del Estado con el capital que explica la excesiva concentración de la riqueza de nuestros tiempos.

El cambio debe ser puesto a prueba. Es la praxis, los métodos, las estrategias, los resultados y no la mera narrativa lo que tiene que fungir como juez del cambio. La narrativa convoca, atrae, entusiasma, pero no forja por sí misma los cambios. Sin una narrativa decente nadie puede aspirar al poder, pero sin una praxis decente nadie puede hacer un buen gobierno, y, hasta el día de hoy, el nuestro no lo está haciendo.

Que la 4T esté orquestando un cambio por sí mismo no dice nada si no somos capaces de evaluarlo, si no nos muestran con hechos a qué puerto nos está llevando.