Álvaro López | El Cerebro Habla 🧠

La sociedad mexicana es una muy estratificada. La marcha y las reacciones a ella lo dejaron bien en claro.

Se piensa que México está polarizado entre “fifís” y “chairos”. Esa es polarización que ha promovido AMLO y en la que sus opositores han caído cayendo inconscientemente. Pero es falso pensar que la sociedad está dividida de tal forma y que esa oposición meramente binaria explique todas las diferencias culturales, ideológicas o de clase.

La sociedad en realidad está estratificada y dividida en diversas formas, y dicha estratificación es más notoria en la oposición que en los afines a López Obrador donde las diferencias no parecen ser un problema para alinearse con la 4T.

No me podría explicar de otra forma que la marcha que ocurrió este sábado (donde manifestantes salieran a pedir la renuncia de López Obrador en sus coches) generara tanta resistencia, crítica y burlas incluso de un sector de la oposición. Esto, con todo y que fue una marcha donde la gente está genuinamente preocupada.

A algunos les molestó (aquí incluyo a personajes como Enrique Krauze, Luis Carlos Ugalde o hasta el propio Felipe Calderón) que la gente pidiera su renuncia porque va contra la democracia y la institucionalidad. En el “intelectualismo” opositor no les pareció adecuada una manifestación que no se centrara en críticas específicas, reprochan que en vez de criticar tantas cosas que están ocurriendo con este gobierno se centran en que “nos van a llevar al comunismo y nos van a convertir en Cuba”. No es un secreto que Gilberto Lozano, una de las cabezas de estas marchas, ha promovido una retórica muy visceral y populista, con la cual pretende agitar las emociones.

Varios de ellos temen que estas manifestaciones terminen alimentando la polarización promovida por el gobierno y se alimente un discurso de lucha de clases. En lo particular, creo que si no se tienen puentes (lo que explicaré más adelante) ese riesgo sí existe, y sería peligroso llegar a esas instancias.

Aquí queda patente una estratificación entre los “académicos y los intelectuales de la política” y la “gente común”. Los primeros hablan de cosas más concretas como democracia, deterioro institucional, economía mientras que los segundos apelan más a conceptos retóricos como “nos van a llevar al comunismo” o el “Foro de Sao Paulo”. Es evidente que los primeros tienen una mayor compresión de los fenómenos políticos y sociales (es su área de expertise), pero habrá entonces qué tender puentes con los segundos para evitar que puedan ser objeto de discursos incendiarios con intereses dudosos (Gilberto Lozano viene otra vez a colación).

La estratificación socioeconómica es aún más evidente. La mayoría de las personas que salieron a manifestarse (no absolutamente todas, aclaro) viene de posiciones relativamente acomodadas. Aunque se optó por usar automóviles por efectos de la pandemia y la sana distancia, el ver varios automóviles lujosos o del año generó la percepción de que se trataba de una “marcha de privilegiados” que se complementa con lo visto en otras marchas de los mismos colectivos donde personas marchaban con viseras y lentes para el sol. Existe la percepción de que la gente de la clase acomodada vive en su microcosmos y que entiende la política desde éste: “coincidimos en criticar a AMLO, pero ellos solo están pensando en cómo le afectan a ellos” suelen pensar algunos.

Esto último podría explicarse por el recelo que existe entre los distintos estratos. No es falso que, tiempo atrás, algunos de los ahora manifestantes estaban en contra de las manifestaciones, pedían que se regularan porque causaban tráfico y hasta llegaran a decir que “mejor ponte a trabajar, el cambio está en uno mismo”. El hecho de que los otrora manifestantes vean que ahora son ellos tomen las calles, con las muestras de inexperiencia que implica ser “manifestantes primerizos”, les genera resistencia.


Después vienen las estratificaciones culturales, ideológicas y generacionales. La oposición lopezobradorista no tiene una afinidad ideológica afín. Algunos son conservadores, otros son liberales o progresistas. Los “grandes” suelen ser más conservadores que la gente joven. El discurso suele ser distinto. La gente grande, seguramente producto de haber vivido en tiempos de la Guerra Fría, habla sobre cómo es que “AMLO nos va a llevar al comunismo”; la gente joven no suele adoptar tanto dicho relato y le parece un tanto extraño, o como “de señor”, como a veces dicen ellos.

El hecho de que los grandes tiendan a ser más conservadores y los jóvenes más liberales hace que estos últimos muestren resistencia para incluirse en estas marchas. Si bien, al parecer fueron más jóvenes a esta marcha que a otras, lo cierto es que, en su mayoría, son gente grande la que las organiza y la lleva a cabo. Muchos se la piensan dos veces antes de juntarse con aquellos que también van a la marcha del Frente Nacional por la Familia y que suele pensar que la “agenda progre” es la misma “agenda que nos va a llevar al comunismo”, aunque es más que evidente que los líderes populistas de América Latina (que, con excepción de Cuba, no son en sí comunistas) tienen poco de progresistas y en no pocos casos suelen ser conservadores en temas sociales.

Todo esto es un problema para que la oposición logre conformar un frente amplio que funja como contrapeso ciudadano a López Obrador. Las estratificaciones generan resistencia y en eso el oficialismo lleva ventaja ya que las estratificaciones que puedan existir dentro de los simpatizantes lopezobradoristas no son un problema.

Aunque López Obrador ha perdido mucha popularidad, ésta sigue siendo considerable y homogénea. La oposición, en términos cuantitativos, es, al día de hoy, menor en tamaño; y lo peor es que está muy estratificada de tal forma que no ha logrado formar un solo frente. Líderes de ultraderecha como Gilberto Lozano, si bien tienen una capacidad de convocatoria y organización, se vuelven un serio problema a la hora de querer hacer que dicha oposición trascienda. Tienen presencia en muchas ciudades, pero dentro de ellas no logran crear grandes aglomeraciones que incomoden al gobierno en turno.

Si se quiere formar una entidad opositora lo suficientemente grande como para que el gobierno sienta presión, deberán tenderse puentes entre los distintos estratos. Deberán, como entidad, dejar de lado temas donde no puedan existir puntos en común (los temas de género son un caso) y centrarse simplemente en los puntos de acuerdo. Tender puentes es una tarea muy difícil, implica “incluir al otro”; implica que una feminista y una señora en favor de la familia natural tendrán que tolerarse lo suficiente como para ir juntos en la causa opositora y dejar de lado, para estos efectos, sus posturas ideológicas en torno a estos temas.

Tender puentes es importante, porque al mostrar que la oposición es heterogénea pero, a su vez, está unida, podrán en entredicho la narrativa binaria de “nosotros” contra “ustedes”. El que muchas personas que piensan distinto puedan unirse rebatirá esa parte de la narrativa lopezobradorista que dice que toda la oposición es conservadora o que quiere que “todo se mantenga igual”. Es justo esa heterogeneidad la que puede ser un gran arma, no solo para crear un frente que se vuelva un problema para el gobierno, sino para combatir las intentonas de polarización de su gobierno.

Importante también es dejar de estigmatizar o reprochar a los que votaron por AMLO. Aunque muchos consideremos que fue una decisión errónea (como si nosotros no pudiéramos cometer errores), lo hicieron en plena libertad como parte del ejercicio democrático y el mandato debe ser respetado. Muchos de ellos están arrepentidos y habría que sumarlos.

La gente tiene derecho a manifestarse como sea, y celebro que los que antes no salían a las calles ahora lo hagan, eso es un avances desde cualquier perspectiva. Pero el mensaje es importante, reconocer estas estratificaciones lo es, porque si no se hace, será complicado generar una oposición que realmente incomode al gobierno.

Y recordemos el día de hoy este gobierno no tiene una oposición, tanto que es el gobierno el que tiene que inventarse enemigos.