Estoy más que consciente del cliché que representa escribir un mensaje esperanzador para este año que comienza, pasando un año como 2020, que nos enfrentó muy fuertemente a nuestras propias pesadillas y angustias. Al respecto, y esperando poder ir más allá de los lugares comunes, intentaré sintetizar algunas de las lecciones más significativas que me ha dejado este caótico y atípico año 2020.

Creo que lo que este año se hizo más evidente es algo que es posible encontrar en las advertencias de muchos de los grandes representantes del pensamiento occidental, al menos desde los inicios de la modernidad capitalista, que se remontan al siglo XV. La advertencia, que es posible extraer de los textos de Rousseau, Voltarie, Simone Weil, Hegel, Bloch, y tantas y tantos otros, y que Goya resumió de manera brillante en una de sus pinturas: “El sueño de la razón produce monstruos”.

¿Qué significa esto? Significa una denuncia en contra delsacrificio humano y vital que ha implicado el progreso científico y tecnológico actual, base del proyecto de civilización occidental moderno que sigue rigiendo nuestras vidas. Esta lógica sacrificial del progreso moderno es fácilmente reconocible. Solamente hace falta remontarnos a las masacres y los genocidios que marcan las historia desde hace muchos siglos: Armenia, Auschwitz, Guatemala, Sarajevo, Acteal, y un largo y doloroso etcétera.

Por todo esto el gran historiador Eric Hobsbawm, en su famosa e imprescindible Historia del siglo XX, llamó a este el siglo de las catástrofes. En su reflexión histórica Hobsbawm también señala como un elemento central de la catástrofe actual la amnesia colectiva que se ha apoderado del mundo entero.

La razón sobre esta idea se encuentra en la imposibilidad vigente de recordar que la crisis del coronavirus no es solamente un pequeño desvío de la supuesta normalidad en la que vivíamos o una especie de crisis espontánea que puede reducirse al ámbito de la salubridad pública y la higiene. Son muchos los y las pensadoras que han denunciado ya que la supuesta crisis que atravesamos es un síntoma de la amplia crisis social e histórica que venimos padeciendo desde hace años, y que de forma cada vez más fuerte nos muestra la obsolescencia y el fracaso de nuestro modelo civilizatorio, sostenido en la explotación de la naturaleza, de nosotros mismos y de los demás, en favor del consumo y la ganancia.

Insistir en esta complejidad no es mera necedad ni pesimismo. La historia nos sigue dando lecciones de humildad y posibilidades de transformación muy poderosas. Aceptar que hemos fracasado e indagar en las razones de esto no es rendirnos, es tratar de asumir nuestra responsabilidad con las catástrofes actuales (que muchos se quitan de encima echándole la culpa a un murciélago) y la posibilidad de un cambio realmente oportuno y profundo, que no puede quedarse en el slogan del “ahora sí cambiamos” que todos teníamos en marzo y que ahora a se nos olvidó.

Por suerte los momentos de crisis abierta, a la par de que nos muestran la fragilidad del mundo en que vivimos, y nos enfrentan a nuestros temores y ansiedades, también nos muestran la potencia de lo humano, que surge todo el tiempo ahí donde algo se derrumba abruptamente y prevalecen manos dispuesta a construir algo nuevo desde los escombros.

¿Qué construimos desde los escombros?; ¿Qué significa lo nuevo? No tengo ninguna respuesta y delirar aquí sobre eso sería inoportuno. Si acaso las fechas actuales nos dan una pista. El niño nacido en el pesebre, con todo su carácter divino, es también humano. Está, como todo niño del mundo, por descubrir y nombrar el mundo con sus propias manos y balbuceos. Lo hace sin miedo al ridículo y alentado por la sorpresa de lo desconocido, que aterra a algunos, pero que a él lo guía para hacer nuevas todas las cosas.

Nietzsche, que de ninguna manera era cristiano, alienta una reflexión parecida. En su visión antropológica el ser humano, para convertirse verdaderamente en algo más que una marioneta, debe romper con la culpa que le pesa y le hace ser un camello pasivo. Para esto se comporta primero con un león, pero después, en un estado consolidado de novedad, en un niño, que sin miedo a la incertidumbre moldea el mundo según sus deseos y anhelos.

Que este año 2021, entonces, seamos capaces de lo realmente nuevo y que junto con la imposibilidad que nos propone el miedo y la angustia, sepamos reinventar y luchas por realizar lo imposibles que en apariencia son nuestros sueños de un mundo distinto, que hoy más que nunca es necesario.