Cuando lo peor de la política se concentra en Morena



Jorge Montejo

Ciudad de México, enero de 2026.

La política mexicana vive una paradoja que conviene nombrar sin rodeos: el partido que se presentó como alternativa ética al viejo régimen terminó convirtiéndose en el principal imán del oportunismo político. Durante los últimos años, Morena ha absorbido a cuadros provenientes del PRI, el PAN y el PRD, no por una conversión ideológica genuina, sino por cálculo personal, supervivencia política, y negocios al amparo del poder. El resultado es un fenómeno conocido y corrosivo: el chapulinaje elevado a norma.

Lejos de significar pluralidad o reconciliación democrática, esta migración masiva ha concentrado en un solo partido prácticas que los ciudadanos ya habían sancionado en las urnas: traiciones programáticas, lealtades volátiles, clientelismo y una ética flexible que se acomoda al viento del presupuesto y del cargo. La retórica del cambio sirvió como pasaporte; el pragmatismo sin escrúpulos, como método. Morena dejó de ser un movimiento para convertirse en un refugio.

El problema no es la procedencia partidista en sí, sino la lógica que gobierna estos traslados. Cuando el salto ocurre sin rendición de cuentas, sin autocrítica y sin compromiso verificable con principios distintos, lo que se traslada no es experiencia sino vicios. Así, prácticas que antes se repartían entre varias siglas hoy se concentran bajo una sola bandera, blindadas por mayorías legislativas y un discurso que confunde lealtad con obediencia.

Para la ciudadanía, esta concentración es una mala noticia. Reduce los incentivos a la competencia interna, diluye los contrapesos y normaliza la idea de que “todos caben” siempre que sumen votos y dinero para comprarlos. En ese contexto, el voto pierde poder sancionador si no se ejerce con una lógica de diversificación y castigo efectivo. Votar de manera automática por quien gobierna, pese a evidencias de oportunismo, es premiar la traición programática.

De ahí que, para muchos ciudadanos, resulte razonable explorar otras opciones partidistas o candidaturas que, aun con limitaciones, no estén capturadas por el chapulinaje como sistema. No se trata de idealizar a la oposición ni de negar errores históricos; se trata de reactivar la competencia democrática y obligar a los partidos a reconstruir identidades, agendas y liderazgos con base en méritos, no en saltos convenencieros.

La democracia no mejora cuando lo peor se concentra; mejora cuando se dispersa el poder, se fortalecen los controles y el voto se usa para exigir coherencia. Si Morena quiere ser algo más que un puerto de conveniencia, deberá cerrar la puerta al oportunismo y abrirla a la rendición de cuentas. Mientras eso no ocurra, el electorado haría bien en recordar una regla básica: cuando todos los chapulines brincan al mismo campo, conviene cambiar de cancha.