
07/02/25
Jorge Montejo
En ciertos rincones de la política mexicana se descubrió un fenómeno fascinante: la meritocracia fue reemplazada por la selfie-cracia. Ya no importan la preparación, la trayectoria ni la comprensión básica de cómo funciona una administración pública; lo relevante es saber posar, repetir consignas con entonación épica y encontrar al padrino adecuado para la foto. Así, una generación completa de aspirantes al poder entendió que leer un libro era opcional, pero aprender a asentir con la cabeza en el momento correcto era prácticamente un posgrado. El resultado fue una élite improvisada que confundió gobernar con inaugurar banquetas y debatir con gritar más fuerte que el micrófono.
La paradoja es que el discurso de renovación terminó convertido en un programa intensivo de reciclaje político. Llegaron los “nuevos cuadros” con currículums tan versátiles que cabían en una servilleta: ayer defensores apasionados de un partido, hoy revolucionarios de otro, mañana quizá gurús independientes de la moral pública. La ideología dejó de ser una convicción para convertirse en un accesorio intercambiable, como la corbata del día. Morena, que prometía ser una ruptura histórica, empezó a parecer una subasta donde lo único que se pedía como requisito era saber a qué puerta tocar… y cuánto traer en la cartera.
La implosión no vino de la oposición, vino del espejo. Cuando un movimiento se llena de operadores que aprendieron política como quien aprende trucos de feria —mucho humo, poca sustancia—, tarde o temprano la estructura se resiente. Sin la figura que durante años funcionó como estampita milagrosa electoral, muchos descubrieron que el carisma prestado no genera liderazgo propio y que la fe ciudadana no se hereda por decreto. La caída libre no es un accidente: es la consecuencia natural de haber confundido popularidad con proyecto y lealtad con conveniencia.
Mientras tanto, la estética del poder siguió su curso: relojes más grandes que las propuestas, camionetas más blindadas que los argumentos y discursos tan inflados que necesitarían válvula de seguridad. La preparación técnica fue sustituida por el arte de la reverencia estratégica, ese talento único para aplaudir antes de entender y prometer antes de calcular. Gobernar se volvió una coreografía donde lo importante era no perder el ritmo del aplauso, aunque nadie recordara la letra de la canción.
Así, la llamada transformación empezó a experimentar su versión doméstica del agujero negro: demasiados egos orbitando sin centro real. No es que falte talento en la sociedad; sobra. Lo que escasea es la voluntad de poner a los más capaces al frente en lugar de a los más útiles para la foto. La implosión no es ideológica, es aritmética: demasiados oportunistas sumados terminan restando credibilidad. Y cuando el espectáculo se queda sin protagonista principal, queda claro que muchos no eran líderes… eran extras con vestuario nuevo esperando otra escena que quizá ya no se filmará.
En ciertos rincones de la política mexicana se descubrió un fenómeno fascinante: la meritocracia fue reemplazada por la selfie-cracia. Ya no importan la preparación, la trayectoria ni la comprensión básica de cómo funciona una administración pública; lo relevante es saber posar, repetir consignas con entonación épica y encontrar al padrino adecuado para la foto. Así, una generación completa de aspirantes al poder entendió que leer un libro era opcional, pero aprender a asentir con la cabeza en el momento correcto era prácticamente un posgrado. El resultado fue una élite improvisada que confundió gobernar con inaugurar banquetas y debatir con gritar más fuerte que el micrófono.
La paradoja es que el discurso de renovación terminó convertido en un programa intensivo de reciclaje político. Llegaron los “nuevos cuadros” con currículums tan versátiles que cabían en una servilleta: ayer defensores apasionados de un partido, hoy revolucionarios de otro, mañana quizá gurús independientes de la moral pública. La ideología dejó de ser una convicción para convertirse en un accesorio intercambiable, como la corbata del día. Morena, que prometía ser una ruptura histórica, empezó a parecer una subasta donde lo único que se pedía como requisito era saber a qué puerta tocar… y cuánto traer en la cartera.
La implosión no vino de la oposición, vino del espejo. Cuando un movimiento se llena de operadores que aprendieron política como quien aprende trucos de feria —mucho humo, poca sustancia—, tarde o temprano la estructura se resiente. Sin la figura que durante años funcionó como estampita milagrosa electoral, muchos descubrieron que el carisma prestado no genera liderazgo propio y que la fe ciudadana no se hereda por decreto. La caída libre no es un accidente: es la consecuencia natural de haber confundido popularidad con proyecto y lealtad con conveniencia.
Mientras tanto, la estética del poder siguió su curso: relojes más grandes que las propuestas, camionetas más blindadas que los argumentos y discursos tan inflados que necesitarían válvula de seguridad. La preparación técnica fue sustituida por el arte de la reverencia estratégica, ese talento único para aplaudir antes de entender y prometer antes de calcular. Gobernar se volvió una coreografía donde lo importante era no perder el ritmo del aplauso, aunque nadie recordara la letra de la canción.
Así, la llamada transformación empezó a experimentar su versión doméstica del agujero negro: demasiados egos orbitando sin centro real. No es que falte talento en la sociedad; sobra. Lo que escasea es la voluntad de poner a los más capaces al frente en lugar de a los más útiles para la foto. La implosión no es ideológica, es aritmética: demasiados oportunistas sumados terminan restando credibilidad. Y cuando el espectáculo se queda sin protagonista principal, queda claro que muchos no eran líderes… eran extras con vestuario nuevo esperando otra escena que quizá ya no se filmará.