Los brujos del poder



31 de agosto de 2026

¿Qué tienen en común Francisco I. Madero, Plutarco Elías Calles, Elba Esther Gordillo, los Salinas y Marta Sahagún?

Todos aparecen en una investigación que se atrevió a entrar en uno de los rincones menos conocidos de la política mexicana: la relación entre el poder y el mundo esotérico.

En 2008, el periodista José Gil Olmos publicó “Los brujos del poder”: El ocultismo en la política mexicana, un libro construido como un gran reportaje sobre políticos que, según documentos, testimonios y entrevistas recopilados por el autor, tuvieron acercamientos con espiritistas, chamanes, curanderos, santeros o personajes relacionados con prácticas esotéricas.

Y algunas historias parecen sacadas de una novela, pero la realidad supera a la ficción.

Uno de los casos históricamente mejor documentados es Francisco I. Madero.

Antes de convertirse en presidente y encabezar el movimiento contra Porfirio Díaz, Madero practicaba el espiritismo, participaba en sesiones y aseguraba recibir mensajes del mundo espiritual. Pero el libro avanza mucho más allá de Madero.

Por sus páginas aparecen Plutarco Elías Calles, Miguel Alemán Valdés, Elba Esther Gordillo, integrantes de la familia Salinas, Marta Sahagún e incluso el subcomandante Marcos, entre otros personajes.

El catálogo es sorprendente: espiritistas, hechiceros, chamanes, curanderos, santeros, rituales, programación neurolingüística y distintas expresiones místicas aparecen relacionadas con el mundo político mexicano.

¿Por qué un político buscaría a un brujo? Ahí está lo verdaderamente interesante del libro.

Gil Olmos no habla simplemente de personas queriendo conocer su futuro. La investigación explora algo mucho más profundo: el miedo de quienes tienen poder a perderlo.Ganar una elección. Protegerse de enemigos. Conservar un cargo. Neutralizar adversarios. Conocer anticipadamente una traición.

El político puede tener asesores, encuestas, guardaespaldas y operadores. Pero ninguna de esas herramientas puede garantizarle qué ocurrirá mañana.

Y entonces aparece el brujo. Quizá el episodio más absurdo fue el de Francisca Zetina, “La Paca”.

Una supuesta vidente terminó involucrada en la investigación por la desaparición de Manuel Muñoz Rocha, vinculada al asesinato de José Francisco Ruiz Massieu. La PGR excavó en una propiedad de Raúl Salinas de Gortari y encontró una osamenta.

Después se descubrió que no pertenecía a Muñoz Rocha. El caso terminó convertido en uno de los grandes escándalos judiciales de los años noventa.

Los brujos del poder resultan incómodos precisamente porque muestra una contradicción fascinante: Personas capaces de controlar presupuestos, policías, partidos y gobiernos también pueden sentir miedo frente a aquello que no pueden controlar.

Y cuando la ambición por conservar el poder se mezcla con ese miedo, algunos buscan respuestas en lugares donde la política ya no alcanza.

Eso sí: no todas las historias recogidas por Gil Olmos tienen el mismo nivel de comprobación. Algunas están respaldadas históricamente; otras proceden de testimonios de colaboradores, practicantes o personas cercanas y deben leerse como tales, no como hechos judicialmente demostrados.

Tal vez por eso la pregunta que deja el libro sigue siendo tan poderosa: Sí un político está dispuesto a consultar a un brujo para conservar el poder, ¿qué no estaría dispuesto a hacer para evitar perderlo?