
Julio Gálvez
22 de agosto de 2026
En 1929 el partido que gobernaba México se llamaba Partido Nacional Revolucionario. En 1938 pasó a ser Partido de la Revolución Mexicana. En 1946, ante el desgaste y el hartazgo social acumulado, se convirtió en el Partido Revolucionario Institucional. Tres nombres, tres relanzamientos, un mismo aparato de poder reacomodándose cada vez que la sociedad amenazaba con hartarse de verdad. La lección de esa historia no es ideológica, es mecánica: cuando el descontento crece, el poder no se retira, se disfraza. Hoy, con Morena gobernando 23 de las 32 entidades del país, esa misma mecánica vuelve a operar, sólo que con otro color y otro discurso.
La prueba no está en la retórica, está en el padrón nacional. Desde que Morena llegó al poder, al menos cinco exgobernadores priistas que entregaron sus estados sin resistencia fueron premiados con embajadas o consulados: Quirino Ordaz, de Sinaloa, embajador en España; Claudia Pavlovich, de Sonora, cónsul en Barcelona; Carlos Aysa, de Campeche, embajador en República Dominicana; Carlos Joaquín González, de Quintana Roo, embajador en Canadá; y Omar Fayad, de Hidalgo, embajador en Noruega desde 2024 y aún en funciones. Se trató como el precio de la transición pactada; todos ellos lo negaron. A esa lista se suma Miguel Ángel Osorio Chong, secretario de Gobernación con Peña Nieto, quien rompió en 2023 con un PRI que —dijo él mismo— ya no representaba nada; y el expanista Javier Corral, gobernador de Chihuahua, que dejó el PAN por la alianza con el PRI y terminó sumándose a Morena. El patrón no distingue estados ni siglas de origen: son operadores que no cambiaron de convicciones, cambiaron de membrete.
El otro terreno donde la continuidad es evidente es el clientelismo. El viejo PRI repartía despensas a cambio de votos; el nuevo reparte la Pensión para el Bienestar, programas sociales y tarjetas, también a cambio de votos, sólo que ahora con presupuesto federal, discurso de justicia social y micrófono en cadena nacional todas las mañanas. Un estudio de Oxfam difundido este año reveló que 21 familias mexicanas duplicaron su fortuna entre 2020 y 2025 —101% de crecimiento— mientras la economía del país no alcanzó ni un punto porcentual de expansión. No es primero los pobres. Es primero los mismos de siempre, operando exactamente igual que antes, sólo que con eslogan renovado. Y mientras el discurso oficial insiste en la austeridad republicana, figuras como el senador Gerardo Fernández Noroña —que hoy cobra sueldo de senador, cobra Pensión del Bienestar pese a ese ingreso, viaja en clase ejecutiva y paga una casa de 12 millones de pesos en Tepoztlán— muestran la misma brecha entre el discurso para las masas y la vida real de quienes lo pronuncian que caracterizó a la vieja clase priista.
Puertas adentro, la simulación cobra otra factura: las bases que construyeron Morena desde abajo, con militancia genuina y sin cargo público de por medio, quedaron relegadas frente a la llegada masiva de operadores de la vieja guardia y gobernadores recién convertidos.
El propio partido hoy alberga, bajo el mismo techo, a sus fundadores históricos y a quienes se sumaron únicamente cuando el viento electoral cambió de dirección. La ruptura no es un rumor: en 2026 surgió "Que Siga la Democracia", un movimiento que busca captar precisamente a la militancia morenista desencantada con esa convivencia forzada.
En este orden de ideas, el capitalismo de cuates cierra el círculo. Carlos Slim ganó con Peña Nieto el contrato de obra pública más costoso que había adjudicado un gobierno mexicano hasta entonces, la terminal del fallido aeropuerto de Texcoco, y con Morena no perdió el paso: se quedó con el tramo 2 del Tren Maya, participó en Dos Bocas y en 2025, ya con Sheinbaum, se adjudicó el tren Saltillo-Nuevo Laredo. A menor escala, Javier Arturo Aguilera Peña —que se ostenta como sobrino político de Peña Nieto y fue contratista favorito de Omar Fayad hasta que sus empresas fueron inhabilitadas por corrupción en 2023— hoy preside PROISTMO, concesionario de un parque industrial del Corredor Interoceánico, la obra insignia del gobierno morenista en el sur. El discurso cambió de “la mafia del poder” a “primero el pueblo”; la lista de proveedores, casi no.
En este orden de ideas, el capitalismo de cuates cierra el círculo. Carlos Slim ganó con Peña Nieto el contrato de obra pública más costoso que había adjudicado un gobierno mexicano hasta entonces, la terminal del fallido aeropuerto de Texcoco, y con Morena no perdió el paso: se quedó con el tramo 2 del Tren Maya, participó en Dos Bocas y en 2025, ya con Sheinbaum, se adjudicó el tren Saltillo-Nuevo Laredo. A menor escala, Javier Arturo Aguilera Peña —que se ostenta como sobrino político de Peña Nieto y fue contratista favorito de Omar Fayad hasta que sus empresas fueron inhabilitadas por corrupción en 2023— hoy preside PROISTMO, concesionario de un parque industrial del Corredor Interoceánico, la obra insignia del gobierno morenista en el sur. El discurso cambió de “la mafia del poder” a “primero el pueblo”; la lista de proveedores, casi no.
Y si se revisa el catálogo de técnicas de propaganda política atribuida a Joseph Goebbels, varios patrones resultan incómodamente reconocibles en la comunicación oficial de los últimos años: la simplificación en un enemigo único ("la mafia del poder", "los conservadores", “la derecha”, "el bloque opositor"); el método de contagio, que mete en el mismo saco a periodistas críticos, empresarios, académicos y oposición partidista; la orquestación, con el mismo mensaje repetido cada mañana desde la conferencia presidencial y replicado por redes de cuentas afines; y el silenciamiento, documentado ya por organizaciones internacionales de libertad de prensa que han señalado el clima de hostilidad hacia la cobertura crítica en México. No se trata de equiparar ideologías —Morena no es un régimen totalitario ni pretende serlo—, sino de reconocer que las técnicas de comunicación política no distinguen colores partidistas: funcionan igual de bien para la izquierda que para la derecha, para el PRI de 1946 que para el Morena de 2026.
Morena no derrotó al viejo PRI. Lo heredó, lo empleó y aprendió de él exactamente lo que necesitaba aprender: que en México el poder no se pierde, se transforma de nombre. La única pregunta pendiente es cuánto tiempo más aguantará la sociedad reconocer el mismo rostro detrás de la máscara nueva.