Por Álvaro López.

En estos tiempos pandémicos, y más con el encierro, es común que las personas consuman contenidos que les ayude de alguna u otra forma a explicar qué es lo que estamos viviendo. La Peste del existencialista Albert Camus ha sido la referencia más obvia para muchos, al grado que las búsquedas relativas al escritor francés se dispararon. Existen otros contenidos que no son tan obvios y que ni siquiera hacen referencia a una pandemia, pero que nos pueden ayudar a reflexionar sobre lo que estamos viviendo y en este sentido, la película “El Hoyo” del español Galder Gaztelu-Urrutia me ha hecho meditar mucho. Es una película cruda y que a más de una le podrá parecer chocante verla en estos tiempos, pero vale la pena.

Esta cinta, que se encuentra en Netflix y que se ha vuelto muy popular estos días, trata sobre una suerte de prisión vertical ubicada en algún punto del futuro y que funge como una suerte de juego de supervivencia donde un banquete de comida que, en teoría, debería alcanzar para que todos se alimenten, se traslada a través del hoyo desde las celdas superiores a las inferiores; pero como los reos tratan de comer lo más posible en vez de racionar dicha comida, resulta que los de las celdas “no privilegiadas” reciben puros restos si no es que absolutamente nada.

La analogía más común que se ha hecho con esta película es aquella que tiene que ver con el capitalismo y la desigualdad. Parecería también una suerte de crítica a eso que los economistas llaman trickle down economics (teoría del goteo), que asegura que en los países donde hay pocas regulaciones se habrá generado tal desarrollo dentro de las clases altas y medias de un país que éste “se derramaría” hasta los sectores más pobres de tal forma que éstos resultarían más beneficiados que en el caso de que el gobierno interviniera para ayudar a los que tienen menos. La teoría ha sido criticada por algunos sectores de la izquierda quienes dicen que dicha proposición no se cumple en la práctica y que los pobres apenas reciben migajas de los más ricos.

Pero considero que la crítica puede ir más allá de meros modelos económicos porque igual podría tejerse alguna suerte de analogía con los países comunistas (nada más con “menos pisos”), donde las élites gubernamentales se quedan con casi todo el pastel y todos los demás se quedan con las migajas. Creo que “El Hoyo” tiene que ver un poco más con lo más oscuro de la condición humana en sí.


Un ejemplo lo podemos ver con las compras de pánico que vimos hace algunos días, lo que me recuerda a las personas de los primeros niveles que tratan de comer toda la comida posible sin pensar en lo que van a comer los de los niveles de abajo. ¿Por qué las personas decidieron vaciar los estantes de los supermercados de productos que no necesitaban en cantidad o de productos que eran completamente inútiles como los rollos de papel? Los que llegaron primero acapararon todo sin importar que ellos iban a necesitar tantas cosas y que la escasez que provocaron podría poner en riesgo la vida de más de una persona.

Esta dinámica también podría ayudarnos a entender la actitud del individuo ante la escasez y la necesidad. En la película, quienes estaban en los niveles inferiores y no recibían comida tenían que verse en la necesidad de comerse a sus compañeros de celda para sobrevivir, mientras que los de los niveles superiores podían disfrutar de su plato favorito de entre muchas opciones suculentas. Así, los que somos parte de las clases medias y altas, podemos pasar una “cuarentena VIP” trabajando desde casa, con televisión y redes sociales a la mano para comunicarse con sus seres queridos, mientras que quienes están en los sectores más populares no pueden darse el lujo de quedarse en casa porque tienen que salir si es que quieren comer.

¿Qué pasaría, por ejemplo, si a aquella persona necesitada de salir de su casa se le obliga a quedarse? ¿Qué va a pasar cuando se le acabe la comida? Es muy posible que se cree un ambiente muy tenso y derive en connatos de violencia y rapiña ya que tienen que hacer lo que sea para sobrevivir. Este es precisamente uno de los dilemas que tienen los países latinoamericanos, ya no digamos los africanos, ya que pueden verse en la necesidad de elegir entre contener el COVID_19 o mantener la economía relativamente estable.

Afortunadamente, en la vida real sí podemos ver un poco de esa “solidaridad espontánea” aunque a todas luces sea insuficiente. Por un lado tenemos a actores más parecidos a los prisioneros de los pisos de arriba que con cuyas posturas procuraron su propio bienestar y la abundancia, como ocurrió con algunos empresarios, mientras que otros sí mostraron algo de solidaridad espontánea como el caso de Cinépolis o Banorte que hicieron algunos sacrificios en aras del bien común.


También podemos ver esa diferenciación entre la actitud de la gente. Hay quienes ni siquiera se han molestado en tomar precauciones por no querer renunciar a su vida cotidiana, y otros que le dijeron a la señora del aseo que se quedara en su casa mientras le continuaban pagando como si estuviera trabajando. Así como hay algunas personas que creen que estamos en vacaciones, otras han hecho una suerte de activismo para tratar de ayudar a quienes se encuentran en los sectores más vulnerables. Por su parte, las invitaciones a “quedarse en casa” me recordaron también esa parte de la solidaridad espontánea a la que refería Imoguiri, cuando ella pedía a los reos del piso de abajo racionar la comida para que les llegara a todos.

Al final de la película, Goreng y Baharat intentan descender al último piso racionando la comida de tal forma que lograran subir hasta al primer nivel con la panacota para mandar un mensaje a la administración. Habrá quien pueda ver ello como una suerte de imposición de un régimen socialista, pero a mí no me pareció algo así, sino más bien un acto de irrupción para modificar un sistema evidentemente vicioso y contraproducente. Goreng y Baharat con la panacota son para mí todos aquellos que están poniendo de su parte para acabar con la pandemia y que tratan de remar contracorriente, aquellos que incluso son capaces de exponer su integridad o su bienestar para ayudar a los demás: ya sean doctores, científicos, personas comunes que tratan de concientizar y toman sus precauciones etc.

El coronavirus, como narraba Albert Camus en la peste, va a sacar lo mejor y lo peor de las personas. Algunos serán héroes, otros serán vistos como villanos aprovechados, otros, presas del pánico y por su falta de carácter, se aventarán por el hoyo.

Lo cierto es que estamos en tiempos inéditos. Tal vez son los tiempos “más históricos” que estemos viviendo aquellos que nacimos en las últimas décadas del siglo XX o en las primeras del XXI. El coronavirus cambiará muchas cosas, cambiará estructuras, cambiará modos de vida, patrones, sistemas, formas de hacer política. La pregunta es ¿en qué va a derivar todo esto y a donde queremos llegar?