Roberto Longoni | Filósofo 🖋


Delimitar el significado del concepto de libertad es tan complicado como definir las posibilidades de la libertad misma. Basta con echar un vistazo a la enorme cantidad de ensayos, libros, artículos y preguntas que se han elaborado respecto del asunto de la libertad para poder darnos una idea de la profundidad y complejidad que encierra dicho concepto.

Digo esto como advertencia, pues no pretendería desplegar aquí una tajante o concluyente teoría sobre la libertad, solamente quisiera poner sobre la mesa algunas ideas que para mí serían imposibles de separar de la idea de libertad, que son la de la responsabilidad y pluralidad que implican su ejercicio y la lucha por alcanzarla.

Hace años ya Nina Simone, una de las más grandes cantantes estadounidenses de Rythm and Blues, planteó de manera tajante la necesidad de comprender que la libertad significa vivir sin miedo. Lo hizo en un contexto de horror y discriminación que hoy sabemos jamás ha sido superado, y late en el corazón mismo de nuestras sociedades.

De mantener este horror y esta discriminación se encargan una serie de estructuras de poder y de grupos beneficiados por ellas, que ante el menor signo de contradicción, crítica o invitación a la confrontación de ideas o criterios desde una perspectiva humana, solidaria e inclusiva, denuncian ser atracados por la intolerancia y apelan a su “libertad de expresión”, que en sus parámetros significa libertad de odiar, rebajar, subordinar y despreciar a aquellos que no cumplen con el estereotipo que aseguran es el “correcto”.

En este punto quisiera ser muy claro: nadie, en ningún lugar del mundo, bajo ningún motivo, debe ser censurado por ninguna razón o circunstancia, lo cual no significa que sus supuestos y posturas no deban ser fuertemente cuestionadas si estas implican la exclusión y el sometimiento de “otros” que no son como suponen ellos que deberían ser.

Este cuestionamiento debe implicar también la exigencia de responsabilidad hacia quien ejerce la libertad de expresarse. Con decir que la libertad de expresión, como toda libertad, implica responsabilidad, no pretendo caer en un discurso moralista o conservador sostenido en una reducida noción de derechos como consecuencia del cumplimiento de obligaciones. Me refiero más bien a la responsabilidad que tenemos todas y todos, más si como yo, nos encontramos en una situación de privilegio, de reflexionar profundamente sobre las razones de los acontecimientos del mundo, de pensar hondamente en los mensajes que mandamos a nuestros alumnos y alumnas, así como a nuestros lectores y lectoras; las maneras que tenemos de ejercer violencia y de relacionarnos con otras y otros, y la oportunidad enorme que tenemos de generar otro tipo de relaciones con la naturaleza, los demás y nosotros mismos, así como de mandar otro tipo de mensajes más allá del odio y la discriminación.

No hacer este ejercicio de responsabilidad al expresarnos, es decir, tomar a la ligera lo que decimos, soltar lo primero que pensamos, o pretender que nuestras opiniones son una verdad absoluta y definitiva, no abona en nada a la lucha por la libertad, y reduce la enorme potencia de la comunicación y la expresión humana a simple confrontación de oraciones vacías y unívocas. En resumen, es como hablar frente a un espejo y estar de acuerdo en todo con lo que uno dice, sin estar abierto a la escucha o el diálogo plural.

El filósofo alemán Th. W. Adorno decía que la libertad rebasa todo marco normativo o jurídico, pues es más bien un movimiento sin fin que va haciendo posible que podamos ser diferentes sin temor a morir, a decir lo que pensamos y sentimos, a escribir o a leer y opinar lo que queramos, con el fin, no de lastimar, sino de irnos haciendo un poquito más humanos, de tejernos como sujetos y como colectivo.

En tiempos donde la libertad real corre tantos peligros, donde la libertad de expresión es mutilada con balas de goma a reporteras y camarógrafos, con incendios a periódicos y balas a periodistas, y donde esta misma libertad de expresión es usada como comodín para el odio y la marginación neofascista (que es inaceptable si lo que queremos es un mundo sin miedo), acrecentar los espacios para el habla, la escritura, el diálogo y la escucha es fundamental. Sé plenamente que este escrito, junto con los de mis demás colegas en el Nuevo Gráfico, y el Nuevo Gráfico mismo, son ese grito en contra del silencio al que se suman tantas y tantos que están hartos de ser excluidos, irrespetados y callados.

Mientras estos espacios existan y luchemos por ellos, la libertad de decir, de decirnos y compartirnos, con responsabilidad, seguirá siendo una pequeña luz en medio de tanto ruido en el que a veces no se alcanza a escuchar nada.