23/03/21

Como muchas cosas en la época actual, la idea que identifica a las generaciones recientes como “generaciones de cristal” corre el riesgo de enraizarse en el inconsciente colectivo como noción incuestionable y supuestamente acertada. Esta idea pretende señalar, en términos generales, que las generaciones actuales de jóvenes no tenemos la mínima disposición a aguantar los sacrificios y esfuerzos que exige la sociedad moderna. 

Expresamos esta insatisfacción rehusando someternos a los imperativos culturales que la sostienen, como son la sexualidad heteronormativa, el matrimonio y la familia tradicional o la sumisión a una educación cada vez más violenta y coercitiva, que deviene en formas de trabajo asalariado que nos piden mayor subordinación y disciplina, a cambio de una inestabilidad angustiante.

“No están contentos con nada”, “ya todo les molesta” o “ya uno no puede decir nada” son algunos reclamos que se escuchan por parte de una generación que se siente rebasada y atacada en sus fundamentos. Si bien sería necesario revisar cada caso en concreto, no logro entender cómo la exigencia de una educación plural, no fundada en la coerción violenta sino en el acompañamiento desde la libertad; de la posibilidad de vivir libre y plenamente la sexualidad; de romper con los marcos normativos vigentes que nos reducen a trabajadores sin tiempo o vida propias; de cuestionar los estereotipos raciales y de género, significaría un retroceso en términos de una civilización que dice haber “progresado”.

No se puede negar que todas estas exigencias ponen en entredicho una serie de parámetros que las generaciones de nuestros padres y abuelos han asimilado enteramente, y, por lo tanto, al verlas en crisis, es normal que también ellos sientan que el piso debajo de ellos se tambalea. Para no caer en un juicio injusto, es cierto que la asimilación a estos parámetros se dio en un contexto de dictaduras militares, presidencialismos y crisis económicas que difícilmente dejaban un margen para la crítica del sistema o sus valores fundamentales. No habría que olvidar, sin embargo, que todos los valores y referentes culturales que dan sentido y organizan una sociedad no son algo dado naturalmente, sino resultado de un proceso de creación, destrucción y reconfiguración que no se da sin tensiones y sin conflictos.

La situación actual respecto de este choque generacional, remite (guardando las distancias temporales y políticas) a los conflictos abiertos en los años sesenta por una generación de jóvenes estudiantes que se rehusaron firmemente a aceptar la monotonía y el tedio que condenaban la vida de sus padres, y que ellos no estaban dispuestos a aceptar. De su inconformidad, que cuestionó tanto el autoritarismo en todos los ámbitos de la sociedad, hasta los esquemas de separación racial, sexualidad y política belicista, surgieron nuevas propuestas y horizontes que permitieron reformular y transformar aspectos enormente graves y ya naturalizados de su época.

Si uno mira aquellos años, se encontrará con que las críticas a estos jóvenes eran básicamente similares. “Ahora todos, sin importar la raza, tendremos que compartir las mismas escuelas y espacios. ¡Que locura y que indecencia! Las mujeres ya no se quieren casar ni ser madres. ¡Estamos perdidos! Los jóvenes no quieren ir a la guerra o trabajar en las fábricas a cambio de un sueldo miserable, y prefieren ser libres, aprender sobre arte y otras cosas. ¡Simplemente irracional e inaceptable!”. Y se remataba todo esto con la frase amarga: “Es que no entienden lo que es la vida”.

Y creo que precisamente de aquí viene la inconformidad, de no querer aceptar dicha amargura, lo que se supone que nos han dicho que debe ser la vida. De una ingenuidad, si se quiere, que permite cuestionar esos imperativos y apunta a construir una vida bajo otros fundamentos, más humanos, plurales, abiertos, críticos, en donde quepan todos aquell@s que hasta ahora no han podido caber, y quepan también la dignidad y la riqueza humana.

Si uno se mira al espejo y piensa que este mundo solamente debería ser para los que cumplen con la identidad que arroja su propio reflejo, y no entiende que en todas partes hay cientos de reflejos, espejos y rostros distintos, cae en el error de creer que la sociedad se debe construir en términos de exclusión. Y la historia nos ha enseñado, de muchas maneras muy fuertes, qué ocurre cuando la exclusión es el fundamento del orden social. Remitir a Auschwitz, el genocidio indígena en Guatemala o Sarajevo no sería de ninguna manera exagerado como ejemplo de las graves y enormes consecuencias de un pensamiento reaccionario, que no sale de sí mismo y es intolerante hacia lo que aparece como distinto y lo cuestiona.