
#Opinión | Jorge Montejo
14 de febrero de 2026
En Hidalgo, la alternancia política resultó ser, en la práctica, un cambio de chaleco. El tricolor salió por la puerta principal y el guinda entró con fanfarria de transformación histórica. Solo que, al revisar quién acomodó las sillas del nuevo banquete, los rostros resultan extraordinariamente familiares.
Los grupos políticos vinculados a exgobernadores priistas no perdieron la elección: la ganaron con otro logo. No hubo derrota, hubo mudanza. Los mismos operadores que durante décadas invirtieron recursos, tiempo y lealtades en sostener al PRI hidalguense hoy aparecen perfectamente instalados en la estructura de Morena, como si el cambio de régimen hubiera sido, en realidad, una renovación de imagen corporativa con el mismo consejo de administración.
La narrativa oficial insiste en hablar de ruptura con el pasado. Pero el pasado no se fue: cambió de camiseta, renovó su credencial y pidió lugar en la primera fila. Los mismos apellidos, las mismas redes de confianza, los mismos cuadros formados al calor de los gobiernos anteriores siguen ocupando cargos estratégicos, candidaturas y posiciones administrativas clave. Lo único que se transformó fue el membrete.
No hubo confrontación entre estos grupos y Morena porque nunca fueron adversarios reales. Fueron compañeros de estructura durante décadas: compartieron cuadros, operadores, decisiones y, sobre todo, recursos. Cuando el PRI dejó de ser negocio viable, la inversión simplemente se redirigió. En política hidalguense, la lealtad no es ideológica; es financiera. Y el dinero siempre encuentra dónde sentarse.
La ciudadanía —que votó pensando en una sustitución profunda de élites— observa hoy un fenómeno que ya debería resultarle conocido: los mismos actores con distinto vestuario repitiendo el libreto de siempre, solo que ahora con la palabra “transformación” como telón de fondo. Cambió el discurso, cambiaron los símbolos, pero las dinámicas internas, los equilibrios y los acuerdos conservan una lógica que cualquier observador del viejo PRI reconocería sin esfuerzo.
La alternancia ocurrió en las boletas. En las estructuras de poder, lo que ocurrió fue una reorganización interna con nueva razón social. Los grupos políticos asociados a exgobernadores no fueron desplazados: fueron absorbidos. Y no como piezas menores, sino como corrientes con peso propio dentro del partido que prometió enterrar exactamente eso.
En Hidalgo, el guinda no borró al tricolor: le puso filtro nuevo y lo subió a redes con hashtag de Cuarta Transformación.