Roberto G. Longoni | Filósofo 📝
21/08/20

Como bien han reflexionado muchos pensadores y pensadoras contemporáneos, es imperativo ser precavidos a la hora de hacer alguna aseveración o afirmación sobre la situación crítica que estamos viviendo, ya que solamente la distancia espacio-temporal nos podrá dar suficientes elementos para intentar pintar un cuadro más preciso o profundo sobre lo que sucede actualmente en el mundo.

De cualquier manera, y tomando el imperativo anterior como fundamento, creo que es necesario señalar algo que desde octubre del año pasado adornaba varias de las paredes del centro de la ciudad de Santiago de Chile, y que hacía eco en Colombia, antes en Ecuador, Estados Unidos, y varios lugares del mundo: No queremos volver a la normalidad, porque la normalidad era el problema.

El coronavirus no llegó de la nada. No es una especie de coincidencia o contingencia espontánea que gracias a la ciencia médica y farmacológica podremos superar, para seguir con nuestras vidas con normalidad.

¿De qué manera podemos entender la relación de la normalidad social con la crisis del coronavirus, y la crisis social que desde bastante antes se venía viviendo en el mundo entero, en la forma de cientos de pandemias que hasta hoy siguen matando a miles de sujetos de hambre, violencia, ansiedad y miseria?

Si algo nos enseña Foucault, en toda su complejidad, es que aquello que llamamos “lo normal” es algo construido históricamente, y que establece sus parámetros de validez dependiendo del contexto en el cual surgen. La verdad, aquello que es “lo correcto”, es algo condicionado por el momento sociohistórico en el cual nos encontramos.

Por lo tanto, no podemos hablar de normalidad como algo dado, sino de procesos de normalización que convierten ciertas costumbres y formas de organización humana en algo absoluto, por lo tanto, difícilmente cuestionable.

Lo importante de toda esta reflexión es darnos cuenta de que nuestra sociedad ha normalizado una forma de reproducirse que implica una depredación brutal y totalmente descontrolada de la naturaleza. De hecho, el imperativo con el cual surge el progreso y la civilización se sustenta precisamente en el principio de utilidad proyectado a la naturaleza. Esta solamente nos sirve si la explotamos y sacamos algún provecho rentable de ella.

El gran problema es que esta lógica instrumental a través de la cual nos relacionamos con la naturaleza está terminando con todas las formas de vida de este plantea, incluyéndonos a nosotros. Si esta lógica no cambia radicalmente, es decir, si no dejamos de sustentar nuestra forma civilizatoria en la explotación de la naturaleza, estamos perdidos.

La crisis del coronavirus nos está mostrando esto desde hace meses, y se refleja en nuestras ansiedades y depresiones: nuestra forma de vida está colapsando, es frágil, y está profundamente equivocada. Si no logramos un cambio estructural y subjetivo profundo, que proponga otros horizontes civilizatorios, simple y sencillamente pereceremos como especie.

Por eso el miedo se apodera cada vez más de nuestras vidas en estos momentos de contingencia, porque nos estamos dando cuenta de que nosotros, los todopoderosos seres humanos, no estamos demostrando más que una enorme estupidez que nos llevará directo a la catástrofe. Una catástrofe a la que seguro estoy sobrevivirán esas otras formas de vida que hasta hoy seguimos creyendo como formas de vida “inferiores”. Por desgracia, parece que solamente será gracias a nuestra extinción que preguntaremos con temor: ¿No éramos nosotros la especie inteligente? Entonces, me temo, ya será demasiado tarde. Ojalá que no.

Por suerte (¿o no?), el asunto todavía depende de nosotras y nosotros. Como reza otro muro rebelde: el futuro no es aquello que sucederá, sino aquello que construiremos, aquello que podemos hacer que pase.

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